Vernissage

01/05/2017

Miraba desconfiada todas las botellas de la barra. Incluso, les había tirado parte del contenido para que no parecieran recién compradas. De camino a la cocina le gritó a Alex, que despreocupado sonrió como sólo los mulatos saben hacerlo y siguió limpiando la gran esfera de cristal. Ya en la cocina los gritos injustificados fueron para Karl, que acató en silencio, confiado, porque tenía todo bajo control. En su interior sabía que todos aquellos aspavientos eran innecesarios. Su verdadera preocupación estaba en la barra;  no podía imaginarse, cuál serían los caprichos de invitados tan especiales a la hora del cóctel. Ese era el punto débil del evento, lo sabía bien , sin embargo, nada debía fallar esa noche. La diva en persona supervisó todos los detalles, re acomodó nuevamente los sillones que servirían de platea. Karl salió de la cocina anunciando que todo estaba listo. Ella hizo volar un beso teatral solo para él. Cuando todo estuvo como lo quería se tiró en el diván. Era su primer gran evento sola, sin ayuda de nadie había conseguido que cinco de los hombres más renombrados del ambiente vinieran a verla.

Los caballeros llegaron puntuales. La diva fugó tras bambalinas porque confiaba en los chicos, ambos eran excelentes anfitriones. Solo uno bebió escocés, el resto tomó champagne. Cuando lo supo se quedó más tranquila. Buscó el disco de apertura, y por un segundo se enfadó consigo misma por no haber resuelto antes ese pequeño detalle. Rachmaninov ella lo había elegido, cuando la música leve llenó el ambiente, los caballeros tomaron asiento.

Salió vestida de negro con una pieza de colección de los años veinte. Uno a uno les fue extendiendo la mano enguantada en seda, que los caballeros con gusto besaron. Todos los detalles estaban cuidadosamente estudiados. El perfume tenía más de treinta años y se lo había comprado a una gran dama que por necesidad vendía sus reliquias. Esto produjo el efecto que ella esperaba, ya que ninguno pudo reconocer el bouquet. Mientras se retiraba, para cambiarse  logró escuchar a los caballeros arriesgando nombres de perfumistas y marcas posibles.

Las luces se fueron atenuando, cuando llegaron a la penumbra que deseaba salió para el show. Vestía para el espectáculo, unas largas botas de cuero terminadas en garras. Bajo las botas, medias y liguero de fina trama negra simulando telarañas. Tenía el sexo afeitado y desnudo. Un extraño tramado de cuero de reptil amordazaba su torso, comprimiendo desmesuradamente los pechos. Tenía unos guantes largos, arácnidos; Estos estaban ligados por correas de cuero a un collar de clavos cromados, que ajustaba su garganta.

El mulato con el torso ahora desnudo, la esposó al arnés que pendía del techo. La hizo morder una bola de goma que colgaba del mismo aparejo, ajustándosela  por detrás, a la nuca. Mientras tanto, Karl se paseaba por la improvisada platea con un carro wiskero, que hacía las veces de vitrina móvil. Allí llevaba una pecera con tres ejemplares de langostas macho. Hubo rápido consenso al elegir, todos coincidieron en la más robusta. Una vez que Alex terminó de amarrarla, se le unió para ayudarlo con las tenazas. Karl retiro la langosta mientras, él mulato enfundaba la mortífera cola con varias capas de látex.

Estaba preocupada porque se apresuraban demasiado al envolver la langosta y no permitían que el público vea la ferocidad del animal.

Una vez preparada la langosta, fue soltada en otra pecera, donde  llena de furia trataba de liberarse de su atadura. Por fin ella sonrío con los ojos, al ver la cara de aprobación del público. El mulato por su parte fue a buscar la gran esfera de cristal. Todo se hacía con pausa. Karl volvió a quitar la langosta de la pecera y caminó hacia el arnés. Esperó que Alex dejara la esfera en su lugar y untara de lubricante la cola forrada del animal

Ella solo se preocupaba por la rapidez con la que iba todo. Faltaba casi un minuto y medio para que la pieza de Rachmaninov llegara al in crescendo en que  quería ambientar el show.

Entonces, Karl, con la langosta en la mano caminó hasta la platea. Tenía al animal fuertemente asido con unos guantes industriales de goma. Se acercó para que el público pudiera apreciar la filosa agilidad de las antenas y la fuerza en los cuernos laterales. Allí frente a ellos, le puso a la langosta un collar de cuero con dos fuertes ganchos. Los bíceps y  tríceps de Karl presentaban algunas leves cortaduras. Cuando escuchó el nervioso violín que preludiaba el in crescendo, caminó hasta el arnés. Fue por detrás de ella de tal forma que el público pudiera ver mejor.

Con la decisión de los machos penetró con la langosta la vagina rapada sin vacilar. Ella pendía del aparejo mientras que Alex le separaba con fuerza las piernas. Se sentía segura era su momento. Empezó a contorsionar el vientre como le habían enseñado en las clases de danza oriental que tomaba de niña. Con las manos se tomaba de las cadenas que la suspendían. Movía la cabeza haciendo que el cordel de cuero que la sujetaba por la boca limitará todos sus intentos agregando más dramatismo a la escena. Karl mantenía al animal firme, entre el arco que formaban sus largas piernas abiertas. Alex abrochaba el collar de la langosta a las argollas cromadas que colgaban de las ligas de cuero. Una vez ajustadas, ambos se retiraron dejándola sola.

En pleno in crescendo como ella lo había previsto. La langosta semi incrustada en su cuerpo, ignorante de todo espectáculo peleaba por su libertad. Con las filosas antenas trataba de cortar inútilmente el cuero de las botas. A Veces, a pesar de las ataduras lograba con los filos del caparazón rasgar la carne blanca de los muslos, hiriéndola levemente. Mientras que ella hacía su show, Ambos partenaires fueron llenando la esfera de cristal a sus pies, con agua hirviendo. El animal no daba tregua. Ella trataba de domarlo. Los chicos asidos uno de cada cadena, lentamente fueron aflojando eslabón por eslabón. Ella mantenía las piernas bien abiertas para que la langosta no dañara las medias. A medida que aflojaban la cadena, ella buscaba someter al animal. Se acuclillaba para introducir la cabeza de la langosta dentro de la esfera con agua hirviendo. Cuando lo logró, ésta con todas sus fuerzas intentó liberarse. El espectáculo estaba saliendo como lo había planeado. Rachmaninov estaba en lo más alto del delirio musical mientras ella sometía al macho a una muerte segura.

En escasos segundos el agua hirviendo terminó con las fuerzas del animal. Los aplausos estallaron espontáneos, sinceros. Todo resultaba como lo había planeado. Karl se llevó al macho vencido hacía la cocina mientras que Alex comenzó con el ritual de liberar las correas.

Jadeaba aun, los invitados se pusieron de pie, seguían aplaudiendo regocijados.

Su cuerpo descansaba sobre el diván, pero su mente volaba. Estaba orgullosa de su primer gran espectáculo. Estos caballeros eran importantes, y seguramente le abrirían las puertas del más exclusivo mercado. Estaba feliz, uno a uno se aproximaron al diván para besar su mano. El perfume que los había cautivado antes al mezclarse con el sudor de la batalla los embriagaba aún más. Alex invitó a los caballeros a la barra, mientras Karl armaba sobre el cuerpo desnudo de la heroína el banquete.

La carne de la víctima, dispuesta sobre el vientre de la vencedora. En los pechos colocó el caviar y a lo largo de sus majestuosas piernas las complejas salsas que había ideado para la ocasión. Cuando el macho estuvo servido sobre la desnudez de la heroína. Los muchachos delicadamente esposaron a los comensales por las espaldas. Estos se arrodillaron  alrededor del cuerpo sudado. Y soltaron sus indómitos instintos. Comían desesperados solo con sus bocas, la carne de la derrota. Ella se sentía orgullosa, soñaba despierta. Mientras sus poderosos caballeros de rodillas no pararan de restregarle con voracidad el cuerpo extasiado por la victoria.

 

 

Obra: Este relato forma parte del libro aún inédito Traficantes de Mitos

 

Autor: Diego De Lucía

 

Facebook: Diego De Lucía 

 

Imagen de Man Ray

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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