Alberta

En la casa habitada de la playa  últimamente sonaba una canción antigua,  que provenía de la única radio rescatada del aluvión de trastos, que salieron por la puerta de servicio en el año ya lejanísimo de mil novecientos ochenta  y cuatro.

Los nietos de Alberta regresaron este verano para pasar unos días, después de haber permanecido ausentes durante décadas, en realidad casi durante toda su infancia, y ahora había llegado el momento de revisar y disfrutar de este espacio heredado a la muerte de su abuela.

 

Alberta nunca quiso regresar al lugar donde una mañana desapareció su hija entre las olas, se la tragó la bruma o quizás ella misma ya se había convertido en bruma

  enganchándose  al LSD y el opio por mediación de un novio inconveniente. También, y para completar el desorden de sus días, bebía demasiado cuando no conseguía la dosis necesaria para pasar la espiral de angustia de la que dependía ya todo su organismo.

 

 En su ignorancia, sobrepasada por la situación,  incapaz de combatir el deterioro y de frenar la decadencia de la chica, como Mater amantísima, optó por advertirle que de continuar con esta espiral  no estaría   dispuesta a asumir ni correr con las consecuencias; sin comprender que el opio quiebra la rutina del consumidor convirtiendo su vida en un continuo apremio: Se resquebraja el tiempo, el día y la noche dejan de tener definición para el adicto  al que sólo importan la huida y el reclamo de otra dosis.

 Pero las consecuencias, además, se multiplicaron  en tres nietos que vinieron a este mundo uno detrás de otro y sanos como delfines. Le pareció mentira   que, en  cuerpo exiguo y tan deteriorado ya como el de la muchacha, la naturaleza siguiese su curso obviando la barbarie.

 

La mañana  de la desaparición, Alberta se encontraba organizando el día de los niños, se obsesionó con mantener unas rutinas exactas para ordenar así su espacio ya que el de su hija se le antojaba  irrecuperable. A veces se sorprendía deseando la ausencia perpetua  de ella y al minuto desechaba la idea, arrepentida de esos pensamientos. Los niños eran el único placer que la vida le concedía y soñaba con otro ambiente donde criarlos,  lejos de la presencia de su madre, que se transformaba deprisa en un  espectro de huesos transparentes.

 

Por eso cuando las pesquisas no arrojaron resultados satisfactorios sobre el paradero,  la policía y la familia barajaron la hipótesis del suicidio o la ausencia voluntaria.

 Alberta descansó y al fin pudo salir de un ambiente que se le antojaba viciado por el remordimiento.

Cerró la casa de la playa donde el pesar  anegaba ya sus entendederas  y se instaló con los niños en otro lugar.

 Quiso  una ubicación nueva y distante, un lugar que no le recordase todas las mañanas que la arena de sus chanclas manchaba el patio, un lugar donde no llegasen las gaviotas ni el sonido de las sirenas de los barcos.

 

Eligió  una ciudad de interior, pasó el tiempo, los nietos  crecieron convirtiéndose en tres hombres sanos que por aquellas contradicciones de la vida soñaban con el mar.

 Su abuela  nunca les negó que la casa seguía siendo de su propiedad y que a su muerte, solamente a la hora de su muerte, podrían obtener la llave y el acceso a las escrituras por medio de la apertura de su testamento.

Y  así ocurrió, la vida sigue siempre su curso y regresaron  a la casa de la playa, que parecía esperar el momento de recibirlos: solariega, enorme, silenciosa, bien pertrechada contra los envites del nordeste.

 

Los recuerdos que pudieron recopilar en una de las habitaciones próxima  al jardín, aparte de la radio que quedó olvidada en el traslado a la ciudad  cuando ellos eran unos niños y  aún funcionaba, realmente podían contarse con los dedos de una mano: un par de sillones orejeros, algunos juegos completos  de naipes y un bote de hojalata donde Alberta guardó siempre  los sobres de levadura, los papeles de celofán para envolver los polvorones que ella misma fabricaba, como buena repostera,  y también algunos documentos importantes, que  consideraba   debían camuflarse entre zarandajas para mantenerse a buen recaudo.

 

 

Un papelote amarillo escrito con una letra parvularia y atropellada sobresalía entre los celofanes de colores. Parecía reclamar atención y el mayor se dispuso a leer en voz alta el contenido; sus hermanos expectantes aguardaban.

Parecía tratarse de  un ultimátum, un finiquito en el que Alberta imponía  una serie de normas a seguir, pautas de alguien cuerdo y desesperado incapaz de tomar las riendas de la vida y la situación de un adicto a las drogas. En él  escribía atropelladamente un `` puedo prometer y prometo que serás obligada a empaparte de SALITRE ´´

Amenazas recurrentes con el fin de provocar  una reacción necesaria, un revulsivo que nunca se produjo.

 

A continuación y escrito en tercera persona, como un relato melancólico y fechado el mismo día de la desaparición, el probable desenlace de los hechos:

 

---Una mañana Alberta tomó a su hija por los brazos inertes y arrastró su cuerpo hacia la playa, amanecía y la arena húmeda después de la última pleamar acogió el cuerpo deteriorado por los excesos.

 Resultaba fácilmente manejable para una mujer que rondaba la cincuentena larga, que mantenía su poderío y su carácter intactos.

Lo depositó allí, junto a su roca favorita, donde jugaba de pequeña a recoger cristales pulidos por el vaivén del agua, cubierto por una toalla verde.

 

 Era mejor así, desaparecería lentamente acariciada por la primera espuma. Las arbóreas falanges de sus dedos responderían favorablemente al vaivén   de las aguas de una manera suave y espaciada, inenarrable, sacudido su leve cuerpo por una bocanada de salitre. Durmiendo  la última alucinación opiácea, soñaría que flotaba entre las olas, señora del mar.

 

 Sin volver la vista atrás  la decisión resultaba irrevocable y perfectamente sopesada. Cerraría la casa y se instalaría con los niños en un lugar que no le recordase…

 

 

POST SCRIPTUM.

Sus nietos le ayudaron a extender sus quebradas alas.

 

 

Obra: Este texto forma parte del tributo personal a Poe realizado por la autora. 

 

Autora: Nuria Viuda García

 

Soy escritora vocacional y colaboradora de revistas tanto digitales como en papel entre las que cabe destacar: La charca literaria de Barcelona en la que tengo una sección mensual titulada CRÓNICA DE LOS DÍAS QUE PASAN.

Alquimia literaria de Madrid donde colaboro con relatos inspirados en cuadros de grandes maestros de la pintura.

Escribo también  en revistas de formato papel como sentimientos invisibles y la revista NOS -OTROS en lengua portuguesa ya que soy estudiante de esta maravillosa lengua y que edita la escuela de idiomas de Valladolid.

 Este año saldrá a la luz mi primera obra editada por una  editorial, titulada CONSIDERACIONES DESDE EL INTERIOR O EL CUADERNO BICÉFALO de la que también forma parte  el escritor Rafael Parrado.

 He participado en el festival internacional RECUORE junto con artistas plásticos con un relato expuesto en el museo de León titulado ARQUITECTURA SIN ESCOMBROS.

 

Obra inédita:--Pensamientos de playa y presagios.

                        --Cuadernos Portugueses.

                        ---Verano en espiral.

                        ---Pequeño cuaderno de arena inacabado.

                          -Breviario Hipnótico.

                         --Crónica compacta de los días que pasan.

                         ---El motero.
                         --Cartas de amor, epístolas intrépidas de un italiano homosexual.

 

Facebook : Nuria Viuda García.

email: ngarciaviuda@hotmail.com.

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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