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Imagen de Nestor Grossi

1

Creo que fue en mayo de 1979 cuando sellamos un pacto de culpa y amistad, ése mismo día conocí a Fernando Sonjik, un rubio cara de idiota, quien al darle la mano me torció los dedos hasta dejarme de rodillas en el suelo del dolor, el Sapo me lo sacó de un empujón y lo obligó a pedirme disculpas. Era mi cumpleaños número siete y la primera vez que me dejaban jugar en la cuadra con los amigos del Sapo. Él se sintió tan responsable, que a partir de aquella tarde me enseñó a pelear para sobrevivir en una calle que era suya; esos cien metros de Dr. Eledoro Lobos que iban desde Avellaneda hasta Aranguren le pertenecían.

En 1981 derribé a Sonjik contra un poste de prohibido estacionar, todavía puedo verlo ahí con la boca rota, limpiándose la sangre que corría sobre su estúpida piel blanca. Incluso hasta hoy recuerdo cuando cumplí los siete, sus ojos saltones y azules que morían de placer al verme sufrir. Pero ya estábamos a mano, y los tres pudimos hacernos amigos de verdad.

A los trece, cuando empezamos a salir con las pendejas del barrio aprendimos que la plata que nos daban nuestros padres no alcanzaba, no teníamos edad para trabajar, entonces el Sapo nos enseñó como abrir la puerta de un auto con una tijera, como sacar el estéreo sin que suene la alarma...fue en esa época cuando comenzó a presentarme como su primo. Durante algunos años, nos financiamos las salidas de esa manera, después aprendimos otros trucos.

La droga me salvó de convertirme en un ladrón y a él la escuela de policía; así la vida nos separaría durante muchos años, volveríamos a vernos muy esporádicamente, ya no éramos vecinos; él se había mudado a una provincia y yo hacia el otro lado del parque. Además en ese tiempo, el chabón se había juntado. Y nada volvió a ser igual.

Hay miles de razones por las cuales un tipo puede meterse un fierro en la cintura y un manojo de precintos en el bolsillo trasero del pantalón, hay cientos de excusas, pero lo del Sapo fue la culpa y la presión, los azotes de una mujer que le reclamaba todo el tiempo una vida mejor y ser indemnizada por haber entregado sus mejores años. De la mano de esa mujer lo vería cagar más alto, romperse la cara contra las vitrinas del mundo hasta perder lo poco que le quedaba de dignidad.

Nuestra relación se quebró en el 2010 cuando Yoni me contó lo que me contó.

El Sapo, mi primo, que no era mi primo, la había cagado de verdad, ésta vez arrastrándonos a todos. Recién cuando subí al 65 entendí que yo era un idiota, que de nuevo me encontraba a punto de ser llevado al maldito infierno por los quilombos de otras personas; me vi de nuevo en una situación marginal, que yo no había buscado. Solo necesitaba llegar a mi casa, encerrarme en mi altillo, encender un porro y acomodar el pilón de fichas que seguían cayendo. Los tipos que habían intentado meterse en mi casa, la violación de Andrea, los dos tiros que nos pegó el Dani, todo era culpa de mi primo, que no era mi primo. Iba a tener que meterme la pena en el culo. A pesar de habernos criado juntos, hasta ahí llegaba mi cariño...si esos tipos hubiesen logrado entrar a mi casa, mi vieja hubiera salido lastimada, pero el verdadero objetivo de la venganza era yo; como lo fue el Dani, y como por último, lo fue Andrea, salvo que ella se llevó la peor parte y por partida triple.

2

—Ustedes se fueron a la mierda, loco—le dijo el Dani al Sapo. — Ni daba, loco ¿viste? creo que lo mejor va a ser dejar todo acá, no me llames más— Y le llenó el vaso, sin dejar de mirarlo a los ojos. —Quedamos a mano, salud.

Y todos brindamos. El reloj de la tv que estaba en silencio, mientras de fondo sonaban Los Redondos, marcaba las once y diez en el reino del Dani que, después de un papel y con ganas de otro, tenía esa mirada que antecedía a todos los problemas.

Mi primo, que no era mi primo, por primera vez se cruzaba con un poronga de verdad. Dani se había criado en una familia dónde todos los hombres fueron ladrones, no era un pibe chorro, había crecido con la educación de la vieja escuela. Mi primo era poli retirado, poli de familia también, así que no me sorprendía que tuviesen negocios entre ellos.

Pero la puta madre, pensé, mientras retenía el humo en los pulmones y veía al Sapo como empezaba a cabecear, al tiempo que el Dani y el Yoni se agachaban sobre el espejo; nada de toda esta mierda podía salir bien, aunque no entendía que mierda pasaba, sabía que el Dani estaba en modo Berserk y que de un momento a otro iba a estallar.

Tenía que sacar al Sapo de ahí cuanto antes, nunca lo había visto en ese estado, estaba regalado. El Dani iba a romperlo todo y yo no entendía que mierda pasaba, había bebido y fumado tanto que en ningún momento me di cuenta que esos dos andaban en algo más que revender mercadería de procedencia incierta, o conseguir billetes falsos. Me importaba un carajo, solo quería salir de ahí, me había jurado no volver a vivir situaciones así. Yo ya estaba limpio ante la ley y así pensaba seguir.

— ¿Vas por unas birras Negro?

Dejó un billete de cincuenta sobre la mesa y encendió otro pucho; el “emperador” quería tres Heinekens y un Phillip de 10. Llevate las llaves, me dijo y me indicó el kiosko al que tenía que ir, mientras yo rezaba porque al Sapo no le rompiesen la cabeza. El Yoni era mi comodín, pensé, mientras le echaba una mirada de súplica. Mi garantía captó la onda, terminó de hacerse un canuto con un billete de dos pesos y me dijo que fuera tranqui, después aspiró, con esa delicadeza que aún hoy me sorprende, nunca ví a alguien tomar cocaína con tanto amor.

Cuando regresé del kiosko, ya no quedaba ni una raya ni un porro, solo el Alplax en gotas de Dani, que mezclado con todo, lo ponía cada vez peor. Y le hablaba solo al Sapo, le movía el hombro para despertarlo. Yoni seguía colgado con una sonrisa perdida.

Dejé las botellas y las llaves sobre la mesa, me senté.

—¡Como está este muchacho! loco ¿eh?—Dijo y manoteó el llavero, se puso de pie—¿Los puchos, Negro?

—Cierto, tomá—Y metí la mano en el bolsillo del bermudas—colgué mirando a éste pibe, es la primera vez que lo veo quebrar así, la puta madre, te juro loco, nunca.

—Está peor que yo—dijo y se cagó de risa. El Yoni volvía entre los mortales—Vas a tener que llevártelo a tu casa, Negro.

No me quedaba otra, le contesté. Y comencé a sacudir al Sapo.

Dani fue hasta la puerta y cerró, volvió a la mesa, destapó la Heineken y se llevó las otras dos al freezer. Yoni sirvió—ya sabés que a éste no le gustan los fisuras.

Lo tenía muy claro, pero había algo más. Ésta birra y adiós, pensé mientras sacudía al Sapo y Dani volvía a sentarse...parecía más tranquilo. Empezó a hablarme de música, de una banda que había escuchado en la radio. Yo solo pensaba en cómo mierda iba a sacar mi primo de ahí. Estábamos en problemas: esa era la mirada del Dani era la de un cazador disfrutando de su presa. Creo que hasta los ojos de Yoni habían cambiado.

Fumamos un pucho tras otro hasta terminar la primera botella. Por momentos el Sapo abría los ojos y sonreía, volvía a cabecear, Dani lo miraba con odio pero reía, Yoni lo secundaba. La pantalla de la tele marcaba la una y algo cuando el “emperador” nos sirvió el último trago:

—Negro, éste chabón es un problema ¿entendés? no te lo digo porque esta arruinado, nada más. Voy por la otra—Dijo y se paró.

Cuando se dió la vuelta, Yoni me clavó la mirada.

Recibido, todo mal. Lo sabía.

Dani apareció con otra botella a punto, la dejó sobre la mesa—Serví vos, Negro, yo voy a echarme un garco, estuve pensando en el puntero— soltó una risa y se metió en el baño— ¿Vos qué decís Yoni?—dijo desde adentro.

—Váyanse Negro, ahora—me dijo el Yoni y me pasó las llaves — llevátelo ya.

—Despertate pelotudo— Cacheteé a mi primo y lo levanté a la fuerza mientras él apenas comenzaba a reaccionar, lo arrastré hasta la puerta, a penas si se mantenía en pie. Entonces hice lo único que se me ocurrió, me saque el pucho que tenia en la boca y se lo hundí en el brazo. El pelotudo gritó.

El Dani apareció. Metí las llaves en la cerradura, no se que dijo; no sé cómo abrí, solo recuerdo que empujé al Sapo afuera y Dani enloqueció en gritos, pateó la mesa mientras Yoni intentaba retenerlo. No vi nada más, corrimos escaleras abajo mientras los golpes de Dani retumbaban en el pasillo y nosotros llegábamos a la planta baja. El Sapo no entendía nada, no teníamos llaves de la puerta de entrada y no había nadie que nos abriera, entonces los gritos del Yoni y el Dani que se acercaban, me saqué el cinturón y con la hebilla rompí el vidrio de la puerta, el de abajo. De una patada saque los vidrios que faltaban —Corré, corré boludo — Salimos por Corrientes hacia Medrano, antes de llegar a la esquina se escuchó un disparo. Sentí el vientito de la bala, antes de doblar ojeé lo que pasaba: el Dani nos apuntaba, el Yoni lo retenía del otro brazo. Y volvió a disparar.

Nosotros no paramos de correr hasta llegar a la plaza Almagro y convencernos de que Dani nunca nos había seguido o estaríamos muertos ya.

Eran las tres de mañana de un miércoles de verano, nos compramos dos pebetes de salame y queso, una coca en lata, nos sentamos en un banco y prendimos un pucho antes de comer. - Para mi que nos puso Alplax en la birra - dijo el Sapo - ese chabón está loco.

Si, pensé, pero algo más había pasado. Recordé que cuando salimos el Dani gritaba:" esos tipos me los mandaste vos".

—¿Qué mierda le hiciste boludo?

Me contestó que seguro eran los mismos que habían ido a mi casa, y creía saber quienes eran. Y quizás esa fue la única verdad que me contó.

Dos semanas después, una noche mientras el Yoni le hacía el amor al espejo con la nariz, me contó toda la verdad.

El Sapo junto a sus tres secuaces se habían metido en un chalet de San Isidro, algo había salido mal y la familia llegó justo cuando ellos estaban adentro: pintó secuestro improvisado. El Sapo, que todavía tenia la credencial de poli, salió con el dueño de casa, el Dani, que era el verdadero profesional, se quedaría dando vuelta el chalet. Había maniatado a la mujer del tipo y a una hija de quince años y mientras él buscaba algo por el piso superior, abajo la cosa comenzaba a complicarse: por algún motivo, uno de los secuaces del Sapo había cacheteado a la pibita y había golpeado mal a la madre.

Cuando Dani escuchó los gritos, bajó. Su vieja escuela no soportaba ese tipo de cosas, eso fue lo que pasó. El Dani cagó a trompadas al pelotudo ese, entonces todos los secuaces de mi primo, saltaron por su amigo y el robo que terminó en secuestro mutó en un campo de batalla entre ellos.

Claro, ahora cierra todo, pensé. Dani estaba loco, pero era una persona de honor cuando trabajaba.

3

Unos meses después, volvía como todos los sábados, ebrio y de madrugada, con un porro entre los dedos que encendía siempre en la esquina y que terminaba de fumar por el pasillo de mi casa, pero al abrir la puerta suspendí el ritual. Al final del corredor oscuro, las luces de la casa estaban encendidas y eso solo podía significar una cosa: problemas.

¿Qué mierda hacían el Sapo y Andrea ahí, cebándose unos mates con mi vieja, a las cuatro de la mañana? ¿Y cómo se había levantado sola y a esa hora? Mi vieja, desde su silla y apoyada en el bastón, se veía furiosa; el Sapo y Andrea sonreían como guasones. Yo estaba demasiado drogado y sin poder esquivar la situación. Y así como si nada, como si mi vieja no estuviera ahí, mi primo soltó una de sus historias, un negocio que le había salido mal y lo habían confundido con un cagador, que lo buscaban para cobrarse una deuda que él no podía pagar. Esa vez me di cuenta que mentía. Pidió quedarse en mi casa una noche, para que Andrea pudiese dormir lejos de los problemas.

El Sapo siguió con su relato de vaqueros, yo solo pensaba que toda la culpa era de ella...

Era una mujer en verdad desagradable: celosa, egoísta y envidiosa; una clase de mina tan estándar que uno pasaba de sentir odio a sentir lástima por ella en segundos. No recuerdo la primera vez que me repugnó alguno de sus actos, quizá fue cuando le arrojó un chorro de agua hirviendo en el lomo al Boby, como quien lo corre de una patada, quizá fue eso, o la frialdad con que enterraba a los gatos recién nacidos en el fondo del terreno; metía a los cachorros en una bolsa, le hacía un nudo y la tiraba a un pozo que había cavado previamente. A veces, solo los tapaba con escombros hasta que paraban de maullar.

Nunca me cayó bien. Al principio creí que era una simple manipuladora, después entendí que ni siquiera le daba para eso, era solo una mujer posesiva y bruta. Era lo peor que podía pasarle a un tipo.

Mi Primo, de alguna forma resistía a ésta mujer asfixiante que no lo dejaba ni un segundo solo. Se metía en cada decisión y por eso la culpo y la culparé de todos los fracasos del Sapo en sus pequeñas empresas. Era la clase de mujer que contagia su mala suerte.

Cuando el Sapo terminó el cuento, mi vieja volvió a la cama y los tres subimos a mi habitación con la única cerveza que había en la heladera, esperándome para terminar mi ritual de los sábados. Una vez arriba, con un faso encendido, me enteré de la verdad.

Y mientras mi primo, que no era mi primo, terminaba de contar la última historia que le creería, yo miraba a Andrea fumar, perderse detrás de una cortina de humo que, al menos por un rato, la convertía en persona. Le pegaba bien. A veces creo que eso fue lo mejor que le pasó, que cuando la marihuana llego a su vida la cosa no solo cambió para ella, cambió para los dos; durante un tiempo se llevaron bien, hasta que ella empezó con eso de recuperar su adolescencia perdida. Quería salir a bailar, ir a bares, mientras el sapo vendía los equipos de música que tenía apilados en una habitación y estaba recién desempleado.

Llegó un punto en que le perdieron el respeto al vicio y comenzaron a beber mientras fumaban, entonces no tardaron en llegar los reproches de ese tiempo que no podía recuperarse. Andrea pidió a gritos lo que nunca podría tener... Gritó hasta quedar limada. Subía a todo volumen el mejor de los equipos y bailaba con un vaso en la mano y un pucho en otro. Bailaba hasta que amanecía frente a los parlantes, hasta que salía el sol sobre el oeste y todos dormían en la casa...bailó hasta el día en que le arrancaron un pedazo de ella.

Porque los tipos que buscaban al Sapo, no iban a parar; iban a cobrarse si o si el trabajo que el Dani les arruinó, porque después de todo fue Dani el que se llevó las ganancias. Los secuaces estaban seguros que el Sapo había cobrado su parte, y quizás la de ellos también.

Creo que desde que volví a verlo siempre le dije: separate de esa mina; me daba pena ver como el Sapo aceptaba la situación, a mi modo de ver el mundo por aquel entonces, la mina lo maltrataba, lo degradaba todo el tiempo frente a cualquiera y él como si nada hasta que no soportaba más y terminaban peleando, yéndose a las manos. — Ella es tan grandota que hay que darle como a un chabón— me dijo el día que se fue al carajo y le dio una verdadera paliza. Después de aquella noche él no volvió a discutirle nada más; le quedó una culpa tan grande que empezó a seguirle la corriente en todo. Y la mina empezó a manejarle la plata, a invertir mal los pocos ingresos que tenían, hasta fundió un kiosko librería frente a un colegio primario sobre una de las calles principales, y así, hasta que no dejó un peso de la indemnización que él había cobrado por tantos años en seguridad. Lo mismo había hecho con la plata de la Federal.

El Sapo comenzó a manejar un remís local, después de ocho horas al volante por la ruta 200, sabía que al volver estaría ella esperándolo con algún conflicto económico o existencial que él debería solucionar y que los tendría discutiendo hasta la madrugada.

Y esa vida de mierda la hacían en público también. Por eso yo había dejado de visitarlos. Sin embargo, una mañana en que ya no soportaba estar en mi casa, me subí al Sarmiento y fui a visitarlo. Era la primera vez que iba a verlo después de aquel sábado que cayó a romperme las bolas de madrugada. Habían pasado unos meses. Me bajé en la estación de Ferrari y lo llamé.

Me recibió con una picada, con dos cajas de vino y dos litros de gaseosa barata. Andrea volvía a las seis de la tarde. Nos sentamos en la mesa de afuera, entre las chicharras que se hacían insoportables. Bebimos, fumamos y fumamos hasta que cayó la tarde y los malditos bichos hicieron silencio. Desde la casa se escuchaba Estopa a buen volumen y nosotros hablamos como pocas veces en mucho tiempo. Cuando estaba ella era imposible, así que empecé a criticarla como siempre, pero esa vez el Sapo no se reía; yo pensé que era la locura y el pedo que nos habíamos puesto, entonces por primera vez en mi vida lo vi llorar y contarme algo que le creí de una: todas la fichas terminaron de acomodarse. No recuerdo si lloré con él, solo le ofrecí mi ayuda. Pobre mina.

Los tipos que buscaban al Sapo, se habían metido un día en su casa, a eso de las cinco y media de la mañana, cuando él ya estaba en la remisería. Aunque habían entrado encapuchados, ella reconoció a Carlitos por la voz. Cuando Andrea despertó tenía una nueve apuntándole en la nuca. Le metieron un Lexotanil en la boca y la cagaron a trompadas, así boca abajo como estaba, la destaparon y a punta de pistola la cojieron todos, hasta que ella se quedó dormida. Lo que no se llevaron lo rompieron, vaciaron la casa. Solo quedó Andrea tirada en el colchón y el gato siamés ahorcado, que colgaba de la cortina. A los perros no los tocaron.

¿Carlitos?

No alcanzó a responderme. En ese momento los perros comenzaron a ladrar; Andrea llegaba acompañada por el padre del Sapo.

Fue una noche extrañamente tranquila, después de cenar nos quedamos bebiendo y fumando marihuana. De fondo sonaba un mp3 con todas bandas de rock nacional mientras al otro lado de la mesa el viejo Jorge dormía sosteniendo el vaso y ella se ponía a bailar como una loca frente a los parlantes. Mirándola bailar, caí que todo había sucedido en ese mismo lugar. Tome mi vaso y salí a respirar.

Afuera la luna brillaba enorme. Encendí el pucho, escuchando la guitarra de Skay en medio de la noche, con ese olor a hojas quemadas que se huele en la madrugada de Ferrari.

Entonces apareció el Sapo y me pidió uno cigarro. —Me rompe el alma loco— le dije mientras le pasaba el atado que no alcanzó a tomar; me miró y se fue de un saque contra el árbol a vomitar. Por primera vez derramé una gota por ella.

Una vez adentro de nuevo intentamos picar algo, fumar otro, pero todo fue imposible. Los Redondos habían dejado de sonar. El Sapo se fue quebrado, sin despedirse, a dormir. Dejó a Carlos dormido sentado en la mesa y ella que no paraba de bailar. Se movía en todos los temas igual. Definitivamente yo no tenía sueño y no pensaba quedarme a dormir ahí. A las seis de la mañana salía el primer tren a Merlo.

Eran las cuatro y media y ella seguía bailando. Consumía todo lo que había, la cerveza, el vino, los puchos y el porro: ya no quedaba nada, y a mi no me quedaba otra que sacar el canuto de faso y fumar, estaba solo con esa pobre mujer; el viejo roncaba y de fondo escuchaba Destrucción de V8, yo estaba tan drogado y borracho que podía leer la letra de la canción flotando en el aire:

"Parece mentira, tanta estupidez/ tanta hipocresía, tanta tozudez/ gente en la miseria eso es lo que son/ conformando el planeta/ del yugo y del dolor/ Sé que la decisión del juicio final / será la solución...¡Destrucción!”

Soporté hasta las cinco, me quedaban un par de puchos hasta que pudiese conseguir un paquete en la ruta; me despedí con una excusa que ella no entendía o no le importaba escuchar. Me daba igual.

Ya no podía estar un segundo más en esa casa donde la pobre mina había pagado el precio de ser la mujer del poronga, aunque ella amaba ese lugar. No podía seguir a solas con ella.

Salí cuando los pájaros comenzaban a cantar, me fui haciendo eses y fumándome un fino hasta la ruta, solo quería sacar de mi cabeza cuanto antes esa noche de mierda. En el kiosko panchería que estaba frente a la estación de Ferrari, me compré un paquete de diez y una lata de medio: la destapé y me juré que ésa era mi última cerveza en el oeste. Y no volví nunca más.

4

El Sapo apareció dos años después, una tarde de diciembre, a saludar por las fiestas. Subimos a mi terraza con un porro y dos Quilmes en la heladerita, le aclaré que abajo, había otras dos. Y nos pusimos al día hasta quedar del culo. Hablé de más. Recuerdo haberle dicho todo lo que pensaba en la cara; creo que hasta le dije que me arrepentía de haber confiado en la mayoría de los consejos que me dio, que casi todos habían terminado metiéndome en problemas; le dije lo estúpido que era por seguir con ella. Le pregunte si la amaba, le insistí tanto que me contestó que no sabía, pero que no iba a dejarla jamás.

—Sos un forro, loco— y no gasté más saliva, no tenía sentido ya. Su norte era la lástima, por eso tenía quince perros dando vueltas en el patio de su casa; por eso me había defendido de los malos cuando éramos chicos; y por eso, la dejó entrar: porque era de madrugada, porque tenía un crío entre los brazos y llovía.

Nos quedamos bebiendo un rato, en silencio, bajo el sol de Mataderos que en tres litros más empezaría a despedirse de todos.

Cuando destapamos la última, mi amigo me pidió otro porro. Entonces, me contó con lujo de detalles lo que aquella vez no había podido...Habían sido sus propios secuaces, Carlitos, Fabián y el Franela; por eso los perros no hicieron nada, y como esa tarde en su casa, volvió a llorar.

Carlitos es historia, me dijo; y que no pensaba parar, que iba a cobrársela toda.

Le pedí que no me cuente nada más, que lo mejor sería que yo no supiese nada. Nos dimos un último abrazo en la puerta de mi casa, le pedí que se cuide y me quede mirándolo hasta que llegó a la esquina y dobló para siempre. No volvimos a vernos nunca más.

Pasado un año, vi en C5N un flash sobre un cadáver que había aparecido en el río de Navarro, era el segundo en lo que iba del mes.

Escribía demasiado, pensé y salí a buscar dos birras heladas; de camino a los chinos, me arranqué el corazón y se lo tiré a unos perros que andaban entre la basura.

 

Autor del texto y la imagen: Néstor Grossi

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