La procesión

01/02/2017

 Nos despertó un sonido atronador, un grito. 

 

Al principio, el sobresalto. La sensación que sobrevino inmediatamente después fue la de reacomodarse en el colchón pelado e intentar retomar el sueño, acostumbrados al alboroto ya que vivíamos en la misma cuadra de un hotelucho que cada dos por tres se prendía fuego. Y eso pretendimos. Hacía un calor insoportable, y de no ser por la luz azul que entraba por la ventana minúscula arriba de nuestras cabezas, hubiéramos considerado la chance de que efectivamente se estuviera incendiando aquel edificio al lado nuestro. Si uno piensa en cómo todo cambia y se transforma, se termina, se muere, se nace, se renace y así, ahí teníamos una constante universal (aclaremos: lo más universal a lo que puede aspirarse en un panorama de expiraciones) a unos pocos metros de nosotros: la corrupción impune ardiendo una vez por semana a pasos de nuestra puerta, otra más con el esmalte saltado. Porque es que tampoco era ningún hotel, su fachada sí era la de uno, pero no era más que un depósito repleto de cosas que casi todas las semanas ardía hasta desaparecer. Pero en la cuadra de enfrente sí había un hotelcito (uno de verdad), y los gritos solían provenir de personas que estaban de paso, que no conocían el propósito real de esos incendios, y que llamaban desesperados a la policía o a los bomberos que, teniendo en cuenta la naturaleza del edificio, nunca jamás aparecían.

 

Me repantigué contra la pared y me abaniqué inútilmente con la mano derecha, pero mi gesto nacía porque no podía conciliar el sueño. No sé bien a qué hora escuchamos ese primer grito indefinible, pero asumo que han de haber sido las primeras horas de la madrugada. Un par de horas después, yo (desafortunadamente) seguía despierta, y lo escuché de nuevo, más fuerte. Ahí me asusté. Era un grito ya gutural, corto y conciso, que ni siquiera parecía humano (ni proveniente de ningún otro animal que yo haya escuchado jamás). Me recorrió un sudor frío, instantáneo. Me bajó por la nuca y mi brazo izquierdo, como una especie de látigo, la cola puntiaguda de una mantarraya, sacudió el hombro de esa persona que yacía al lado mío, completamente ajena a todo lo externo. Con un poco de insistencia, se despertó y me miró, arisco, huraño, preguntando. Entreabrí la boca para explicarle algo que no sabía bien cómo articular (un miedo irracional por un sonido que probablemente había imaginado) pero no alcancé a decir la primera sílaba: ambos nos petrificamos al escuchar (él por segunda vez, yo por la tercera) aquél horroroso sonido. Nos miramos, nerviosísimos. Él me rozó la mano con la suya, discreto gesto para calmarme. Nos quedamos así quietos, ambos, erguidos de formas incómodas, con miedo, sintiéndonos como si fuéramos los únicos en toda la vasta, enorme, eterna, vacía galaxia que habíamos escuchado ese sonido. Esperábamos. 

 

Un tiempo pasó (¿minutos? ¿horas?) hasta que nos levantamos lentamente de la cama, casi al mismo tiempo, y fuimos hasta la ventana (la que daba a la calle). Nos asomamos con miedo, el único farol bañándolo todo con una luz moribunda, tenue. No vimos nada que pudiera haber propiciado semejante aullido (aunque, al no haber escuchado antes nada semejante, ¿cómo podríamos suponer su procedencia?). Poco a poco, nos fuimos calmando. Volvimos a la cama, nos acostamos. No volvimos a escucharlo. Y eso a mí me asustó muchísimo más: la repentina falta de repetición anunciaba algo peor, terminante. 

 

Al día siguiente, nos despertamos con un sol intruso que entraba por la ventana que habíamos olvidado con la persiana abierta y un barullo especial desde la calle. Mientras el otro iba a lavarse la cara, yo me volví a arrimar a la ventana. Vi patrulleros, una ambulancia, varios policías caminando alrededor del "hotel" (el depósito incendiario), haciendo preguntas a los típicos vecinos, los excitadísimos, siempre los mismos, los que al ver un oficial o una cámara de televisión se volvían locos. Me subió un frío helado por la espalda cuando entendí que no habíamos imaginado los gritos de la madrugada anterior. Intenté no pensar más en eso, fui a unirme al desayuno, seguí con mi día, por la noche cuando volví del trabajo no pude contenerme y le pregunté a la señora que atiende en la esquina de mi casa(de mi casa de ese entonces), en la panadería. Le pregunté si tenía idea de qué había pasado. Me dijo que la policía no había dado detalles (ni generalidades), que habían preguntado mucho y no habían contestado nada, pero que ella había podido ver, a eso de las dos de la tarde, cómo subían a la ambulancia una camilla abultada cubierta con una sábana empapada de sangre. Y que su hijo le había dicho que no habían dejado de despachar camillas hasta eso de las siete. Y yo lloré como una maldita toda la noche, y le pedí a mi compañero que nos mudáramos a cualquier otro lado, pero que ya no me parecía poético el galpón que se incendiaba todas las semanas, porque habían sacado no sé cuántos restos de cadáveres el día anterior de adentro de aquél pedazo de tierra debajo del radar, y nadie había hecho nada (ni siquiera nosotros). Y cuando, muchos meses después, finalmente pudimos mudarnos, y prendimos el televisor el primer día (cuando estaba todo aún en las cajas y no había ni hielo en el freezer), y ni siquiera hizo falta pasearse por los canales de aire que teníamos para encontrarnos con la noticia de que, efectivamente, la procesión de camillas en aquella cuadra ya era algo de todos los meses. No pude pegar un ojo hasta que tomamos la decisión de regalar el televisor, aunque eso no engañaba a nadie: sabíamos que los cuerpos (restos de ellos) seguían desfilando cada mes, y que la noticia se hacía cada vez más grande (en los diarios, en las radios) y nosotros nos alternábamos para tener pesadillas con esos gritos muertos, secos, roncos.

 

 

Autora: Clara Bachur

 

la autora de este cuento nació en un mes frío del 98 y esta actualmente buscando un trabajo soportable. estudia cine en la (i)una. le gusta pintar con acuarelas. puede (intentar) comunicarse con ella por mail (clrabachur@gmail.com). si esta buscando una joven intrépida para atender una librería de usados, NO DUDE!

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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