Alas de garza blanca

05/12/2016

 

Hay ocasiones en que las órdenes del soberano

                                                                                              no deben ser obedecidas.    Ts´ao Ts´ao.

                                                                                                  Sun Tsu (El arte de la guerra)

     Porque uno, o uno como yo,  va clausurando cosas, hasta que  cuando menos te lo esperás te regalan un va de nuevo.  Ese día uno está de estreno,   negligente de mentira, coqueto como una mina y todo por eso, por una. Una que ondula  como esas banderitas de la playa que pusieron para advertirte que el mar estaba bravo, entonces vos, que te metiste con todo, descubrís que ya no tenés retorno y mirás cada vez más a lo lejos esa señal de salvación que te pareció  una pavada  para controlar  a los pusilánimes.

   Es que las cosas pasan cuando menos te lo esperás y se ve que uno no está preparado para agarrarlas  tal como vienen, sobre todo si esa mujer que además dice algo gracioso y breve, dos virtudes en menos de tres segundos, es la que le acaban de presentarle a este gil  que se niega a vivir  de ilusiones, pero por esos caprichos inexplicables de vez en cuando  va por  más y se le da esa noche, como si la vida quisiera escarmentarnos, ofendida por todo el desencanto que se postula hoy en día.

    La invité a tomar algo, nos sentamos, de pronto me miró fuerte,  sonrió, me dijo me gusta Nina Simone  porque la  reconoce  en el fondo ruidoso del boliche. Y distingue el blues del jazz, leyó las mismas cosas  que a uno le hicieron  trizas los cánones y de Camus conoce algo más tierno que La peste y no usa La peste para definir sus sesenta ahí nomás. Es más bien sartreana, pero feliz, ¿entendés?,  le da una acepción complicada a la palabra destino, complicada para mí , no para ella, porque me exaspera justamente que no sea un poco más trágica la mina al menos. Lo digo en presente porque todavía me exaspera, perdoná la dispersión. Es que es una mina, mirá, nada de trazos melancólicos, camisa de  seda y pantalones de cuero, apenas una cadenita intangible en ese cuello Modigliani y algo asiático en los ojos. Ya cuando dice algo cómplice y varonil con esa voz de rosa púrpura es demasiado, entro en alerta, como si fuese a estallar un  cristal.

       Cuando en la segunda cita aparece con  jeans y no tiene casi  maquillaje, uno piensa en perlas bajo agua trasparente y se empeña en buscar, feroz, los defectos. Hay que salvarse. Ir al cine, por ejemplo, y decepcionarse porque  busca el mensaje, o mirarla comer e imaginarla como un tubo elemental de consumo y eliminación, algo que la denigre un poco ya que entre las sábanas se intuye que no será posible querer eso, ni  que suceda eso. De lo que siguió después de la tercera cita (juro que no fue antes porque yo estaba como paralizado hasta cuando la manoteaba a cada rato) un caballero no habla. Pero se lo cuenta a sí mismo a cada rato, como para convencerse de que se puede estar contento como un chico porque lo hicieron sentir hombre después de un largo tiempo de vivir como  un gimnasta cumplidor  con boleto de ida y vuelta a la soledad comprado de antemano.

  Sí tiene defectos la mina. Varios. Un poco ensimismada a veces,  intempestiva otras, incapaz de avisarte que arregló algo que te incluye aunque después resulte bueno,  se duerme más temprano y se despierta más tarde, no le da  importancia a los diarios del fin de semana, entristece sin motivo aunque eso no le dura y sala mucho  los guisos. Algo de celulitis que más bien tranquiliza, a los casi cincuenta sería terrible sorprender  a una doncella bajo el piyama de satín.

     Igual es demasiado, a tres meses de patear veredas de otoño con ella o de lucirla ante los amigos que te felicitan y hasta le tienen cariño en serio porque encima es tierna con los amigos, cuando más entregado estoy, la mina me lastima fiero. O no sé si tanto pero es un alivio,  me ofendo de más y la quiero dejar, la dejo. No sé cómo puedo,  pero diciéndoselo hasta casi grito y me asusto, imbécil , qué estoy haciendo.

  -  ¿Eso que dijo será tan malo?-  me susurra  en las neuronas una especie de íncubo  que aparto de un zarpazo, gozándome a mí mismo con la bronca   de los necios. Sí, dijo algo que me lastimó y toda mi historia complicada de cincuentón viril pero sensible ( la ironía es la forma menos patética de decir la verdad) hace agua,  me inunda, la tengo que dejar, como me dejaron o como dejé  y sumarla a la serie que  nunca termina de ser una lista anodina, la serie de las que perdí porque nací perdido yo.

    Sé que no quiso hacer eso, me lo dijo y se llamó a retiro pero promete arremeter, humilde como sabe ser a veces, y espero. Espero porque sé que es de pensar las cosas y está buscando pista. Si no llama me mato. Me llama.    Se abre el cielo, milagro  con resaca. Me llama casi gimiendo y se disculpa, digo que no,  no lo permito,  ya fue. Y quiero que insista  hasta matarme.

           Insiste, sí.   El sol con  vestido blanco de lana se llama ella. La paso a buscar y no sabés lo que puede pasar de bueno en un auto al lado del río, lo que se puede oír de una boquita ilustrada explicando a la criolla las causas de su exabrupto y diciendo que lo nuestro vale la pena. Bajemos a caminar, propongo para no ceder,  y no cedo. Camina a mi lado, yo erguido, oyendo su silencio sin saber qué hacer, abrumado de viejos dolores que mi inteligencia desaprovechada califica de prescindibles pero. Ya sé que no me puedo quejar pero nací porteño y bajo un cielo nublado, cicatrices culturales, un digno idiota.

      Me siento en un paredón, el sol se está yendo, ella también se sienta y se queda callada, cree que ya explicó suficiente, ahora yo voy a hablar, como cuando te duele una muela y metés la lengua ahí porque sufrir   es gratis. Busco las palabras para decirle que no la perdono, para cortar, ni yo mismo entiendo qué tóxico vino me pone en esa parada de melancolía y ella me abraza, la rechazo, sonríe, me dice  que sabe que podemos ser felices “y si es necesario me  arrodillo  para pedirte perdón”.

            Me río, es insólita para bromear pero algo me alerta. No lo dice en chiste, se está bajando del paredón y se sube un poco el borde del vestido blanco de lana, con sonrisa de princesa bien preparada para  los trances de la realeza, amaga con la pierna izquierda que se dobla con gracia de línea china enfundada en  su bota marrón que yo quiero ver como un signo marcial, para decirle “fálica de mierda, sos como todas, siempre tienen algo que decir, carajo”. Y la otra bota marrón también toca el suelo de la costanera. No, le grito casi.  Jamás lo permitiría, no es necesario, por favor, no hagas eso. La quiero salvar de no sé que ignominia,  se me seca la boca, está tan linda y es tan fácil para ella bailar esa danza que me deja perplejo. Entonces me perdonás, insiste. NO, repito, ya ni sé por qué, solo tengo ganas de mirarla y mirarla.

   La dejé por eso. No ese día, ese fui un náufrago  en  sus brazos porque no soy tan duro. Pero no lo pude resistir. Se arrodilló la mina. Sí. Se levantó el borde del vestido y mirándome a los ojos  puso una rodilla en el suelo y después otra, mientras la gente pasaba mirando y sin mirar, extendió los brazos -  alas de garza blanca, pensé - y dijo: perdoname, estuve mal, dame una oportunidad. Tengo esa imagen clavada en los ojos  cada vez que me despierto, solo, tan solo como quise quedarme porque cuando vino otra no soporté la comparación.

      La dejé por carta, cuando estuve de viaje por laburo. Uno siempre hace esas cosas del modo  más cobarde , de manera que  con el tiempo los reproches del íncubo  en las neuronas tengan suficiente  densidad. Ni yo me lo creí, lo de esta claudicación, digo. Esperé que ella tampoco, pero esas minas (habrá otras, supongo) no se arrodillan por costumbre, lo tengo claro. Pueden hacerlo una y mil veces, me lo dice mi parte más inteligente siempre tan desaprovechada, pero no tienen hábitos lastimosos. Me contestó en un sobre sepia. Escribió su aceptación sin más, dos renglones. Ni un reproche.  Casi me como el papel pero sentí por fin un poco de esa paz amarga que anhelaba. Eso tan argentino de que mejor apostar a que triunfa el  enemigo,   para ganar cuando se pierde y decir “yo lo sabía”.

       Dos veces la vi, después. Desplazándose en la escalera mecánica  de la línea D, una tarde, yo estaba en el último vagón: merecido.   Otra vez en el cine con amigos que no le conocía, me oculté. Me contaron que viajó una semana al sur hace poco.  Que estuvo enyesada por un esguince la otra vez. Yo nunca me animé a contar aquello. Dije que no tengo claro  qué pasó y que es maravillosa. Los amigos no insisten. Supe que a ella también le preguntaron y dijo, me contaron que con una sonrisa triste, que yo no la amaba.

 

Autora: Alicia Migliano

 

 

 

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