top of page

Los guantes que ríen


La gente desposeída de rango se limita a ver la luz, a atragantarlo todo. Dónde está esa obscuridad amiga? Alguien que apague las luces, que reconforte! A donde se han ido todos? La buhardilla húmeda y los dedos agarrotados por el frío y la pobre costurera loca en su cuarto de tejemanejes. El ingenio de la maquina reposando como un noble e imponente mecanismo de los corderos. Todo sea por el mendrugo. No subestimes a ese mendrugo. Solo te mantiene loca, pero te mantiene, amada mía amiga mía.

Puedes escucharlos? Los guantes mágicos, la parka benevolente en los huesos de las damas ricas. Puedes escuchar sus dedos? Hablan de café caliente, de copetines exquisitos, de hermoso licor de menta, el aniseto, de el lustre máximo, del tónico reconstituyente. No tenemos una era fija en que resolvernos como simples seres humanos. Y ellas. Y ellos. Y ellas. Y ellos. Deviene esa cosa sobre ellas, como una marejada purulenta que nutriera la poca valía. Ellas y ellos. No los odias, no los repudias, no los amas, no los quieres, alimentas la pila de Volta del mundo con cada musculo de tu cuerpo reblandecido y añejado por la extrema angustia. Tienes el estomago chato y la mente al rojo vivo. Acaso la vida es recrudecer lo que ha sido creado en la oscuridad de la noche, en el pudor del silencio, en el recato de todas las Eras.

El techo del cuarto es blanco, hay una ausencia de tabaco, también de multitudes. Afuera, las cartas escritas prolijamente con sus postales laceran los buzones del mundo. Y a ti, y la pausa solemne. Nadie te manda a llamar. Los porteros te saludan tenuemente y tu cabeza ha perdido el pelo de tantas noches sin la estricnina que apagaría al diablo que te come por dentro. La manta fina. Los hijos hambrientos. Licor de menta, cabezas de pescado. Los ojos de los peces, muertos, tiesos, en tu boca cariada, pocos dientes afilados al cincel, desdentada lastimando la carne de la testuz de los pobres animales marinos, te comes los ojos, se comen tus ojos, es un feedback mustio, frío, petrificante. En tu lengua, los peces y sus cabezas saben a corazones, a corazones emplazados en una ambigua zona en el ombligo, un ombligo que crece y se ensancha haciendo del mundo entero tu vientre desgastado por el inefable mendrugo cárnico, que sabe a calcetines, a piorrea, a muerte en vida. La única vida que puedes permitirte.

Y sobre la cama, hecha, prolijamente, el lujo de los descastados, una cama, una pobre cama de metal, la vida. La vida. La vida. Alguien ve acaso tu vida como yo la veo y la comparto al lado tuyo con mi pequeña manita de niño?. Te revuelves el pelo fosco, mujer, como si te fuera la vida en ello y todo el fuego de la historia en ello. Convolucionas, decaigo, me levanto, quisiera pegarles, pero yo no sé como eso se siente.

Naides te llama. Tienes un cuerpo y se consume en el silencio de tu cabeza desierta y llagada. Si pudiera alcanzar esos gusanos blancos, los robaría y te los daría de comer. Sobre la cama está tu cabeza. A tu lado, diez pares de guantes de carpincho. Penosamente enhebrados a mano con la paciencia y exactitud de un relojero maestro. Enhebradora del tiempo, mujer, con tu sexo partido por la ausencia de todo. No has llegado al desamor, tu querencia te lo impide como tu confusión te conmina al clamor de cada paciencia. Eso: ten paciencia. Han de ser escuchados. Cada par tiene diez dedos y de cada dedo sale un clamor que debe ser tenido en cuenta. El amor es el amor, no le demos la espalda al amor. Solo somos dos, pequeños, estamos flacos. Qué? Que dices, madre del universo? Acaso te han contado otra vez que del otro lado de la ciudad los marineros traen pescados gordos con savias que engordan a los hijos del mundo? Como lo sabes? Quien te previene de lo que me cuentas? Debería saberlo yo? Si, los niños deben sentirlo todo, aunque se mueran un poco demasiado pronto, mucho, tan temprano, todo el tiempo. No acabes, madre, No acabes, hija mía, no acabes Sister de las Mercys de la Suburbia. El puerto de Buenos Aires tiene una apuesta sobre tu cuerpo y reclama mas del doble que tu pobre y enclenque cuerpo bituminoso de matroska caída en desgracia. Yo te quiero. Fuiste parida por los hijos de la guerra en una América extraña y violenta. Yo soy tu testigo, demando compasión para mi hermana. Alguien que nos guíe fuiera de este tunel! De cada guante sale un recital decimado por las notas cascadas de la vida. Este y aquel, ella y el, suprimidos por el frío. Ahuecados por la hiel, por la tiranía del frío, por el régimen de los rectos límpidos. Y eso. El cuero del cráneo, insoportable, se tensa sin parangón; los ojos en sus cuencas hierven, la miel es un recuerdo en la lengua de una maldita. Los pechos se caen: el hambre te ha dado años, mujer, que no deberías tener. El plexo caído como una mala edificación, torcido, chupado hacia adentro. Tus manos que alcanzan el cuero y el terciopelo hacia cada bordona, hacia cada despunte, hacia cada puntada y remate delicado de el grueso hilo de algodón y allí, de donde viene cada discurso mental de cada punto hay un punto del zurcido donde la ingnición de un Fuego Divino reparte huevos duros en canastas que se posan en tu cabeza, gris, como un reluciente ratón. Ah! Esta se ha ido de viaje a París. Espera un hijo, y los martes descansa en el rellano del jardín trasero, con su estomago hinchado, plácida y rellena, escuchando a los zorzales y a sus polluelos. Y esta otra, con su sirviente que en la gran, blanca cocina, con el equipo de chéfs y chambelanes prepara un agresivo pan caliente con chicharrón, y los mates de plata pasan en mano, hirvientes y levemente enojados, las tazas de té, los dulces y lo panecillos y las «pastries» de temporada, tan en boga en las estancias de una nueva Sudamérica. Estiran los dedos en sus guantes. Esas manos respiran y mandan mensajes a los guantes que usan que tu has hecho y esos guantes vivos mandan mensajes a los guantes muertos, a los guantes que no han sido insuflados por la completud de la costurera. Podrías estar errada y pensar que aquellos dedos de piel tan concienzudamente cosidos a el talle perfecto de la palma no dicen nada, y están ahí, laxos e impertinentemente silenciosos, mentira! Todo es un plan diabólico para que el mundo bueno cierre la boca. Dios sabe que tienes la boca abierta y seca, madre del mundo, y que de la garganta reseca brotan sonidos que harían palidecer a un enterrador. Desde debajo de las mantas rota, desde el colchón hundido, desde la tierra que te sorbe flaca, hay un gorgoteo que induce a hacerme creer que aún estas viva aunque yo quisiera que no lo estuvieras. Pan caliente, grumos de leche caliente, una pava con una tisana, el pan incomible de tan caliente, rezumando el semen suntuoso de la vida, y la ausencia de todo estos los bastardos mirándome raro cuando caminamos pro la calle, y quisiera no llorar o llorar o no saber lo que es llorar y no puedo, rodeados de plantas doradas con un nombre científico que escapa a mi osadía y parecen trigo, parecen de oro. Deben ser oro. Quiero que sean molidos y de ahí hacer monedas de oro en polvo, madre. Soy pequeño y tu eres grande. Podríamos comer pasto, pero la maquina de coser no hace crecer el pasto, la maquina se posa en el segundo piso de una casa de pensión, delgada como la cartulina que usan los escolares que van a la escuela, y la pensión se posa en un suelo, y ese suelo es de un lodo tenue y congelado que el otoño ha hecho puré podrido y sobre esa base, sin metafísica presente, solo tierra Sudamericana, estamos en este lodazal de tierra asquerosa y gélida que nos pare día a día como Dios se lleva a los insanos. Gota a gota. Grito a grito. Silencio sobre la tapa del ataúd de un segundo silencio: no digas nada, costurera, sobre tu plato de lata. No digas nada. Aferro tu mano, tu aferras la mía, te siento, te sé mía, quisiera tener una mano mas grande, quisiera no verte llorar, quisiera que cada palabra de tu boca se dirigiera hacia mi cabeza, hacia mis ojos y mi pelo y adentro hacia mi pensamiento, hacia mi lengua, quisiera que me comas el corazón. Pero mi corazón está en tu cabeza, y no me deja salir! Por la mañana, siento una risa sorda cuando te despiertas, como quien cierra muchas veces una claqueta cinematográfica: el sonido de los pulmones de una mujer atosigada por la helada de la mañana y por los aullidos de los estibadores violadores, brutales y enfermos, arrastrado sacas de engorde que nunca voltean la puerta. Átennos, maltratennos. Hágannos rehenes, gansos alimentados a fuerza de puño, perros de el siguiente siglo, hijos de puta! No, no hay. No hay hombre alguno. No hay padre, no hay hombre, no hay pan, no hay nada, hasta el fuego del hogar se ha consumido a una pobre ceniza insignificantemente fria. No puedo defender a nadie, menos a ella, que, hueca, se planta de rodillas al borde de la cama, dándose la cabeza en la letanía del rezo contra el espaldar del lecho, rezando en una lengua ajena que no conozco, pero que intuyo porque me han dicho que debo ser bueno. Mis pies están enfundados en zapatos que bostezan aire constantemente. Tu lo sabes. Yo lo sé. Te amo. Te dije que te amo? Si fuera grande grande te placaría al suelo y te cubriría con mi cuerpo y te protegería con mi cuerpo montañoso y bestial y musculoso, pero solo soy un pequeño. Soy niño. No me digas que debo de dejar de ser niño. No sabría como. Tengo frío. Y los guantes te sonríen. Les hablas. Debes estar en paces con la señora Hawthorne de Conesa, debes estar en congraciamientos con las gordas mujeres de la sociedad, sus manos prestas, sus dientes sucios. Sus sonrisas autocomplacientes y cómodas, como si fueras, parada delante de ellas, solo un chiste sucio. Con la Mary. La Mary quiere un par de guantes todos los meses, bien cosidos, bien atemperados, suaves, duraderos, maravillosos hermosos todos, todo lo bien que se pueda lograr a través de la labor de «esa otra clase de gente». Un par de monedas en tu palma flaca y blanca y ya ha arreglado ella su cielo. El otro día vi a un mendigo. Tenia la cara en el barro y se lamentaba en un latín rudimentario, pensé en hablarle, yo pasé de largo entre lo ralo de los yuyos al lado de la calle sin respirar, para que no me tocara, y cuando vi al mendigo empecé a toser... seguro esa tos me la contagió ese hombre, o lo que quede de ese hombre. Es tiempo, es tiempo de sentir que hay que tener sentido común. Puedo verlo en tus omóplatos, hermana de la caridad, cuando te quitas la blusa blanca y la dejas colando del borde de la cama: me dan ganas de llorar pero lo olvido porque tengo miedo. El terror se lleva el agua de los ojos, y el agua que falta en los ojos se convierte en la espera de la lluvia. Me has dicho que el hombre nace con una marca en la frente que solo Dios puede ver, en donde está escrito el destino de su alma. No me gusta este Dios. Se trae muchos secretos. Alguna vez en la iglesia he escuchado un sermón de compasión, y salimos los dos con hambre, con frío, con vacío en el estomago, con desesperanza y ese día el único que tomó vino y sangre y comió el cuerpo de Cristo fue el sacerdote, y el único que tuvo una mujer con carne en el cuerpo fue el sacerdote, y volvimos a nuestra cama, mujer y niño y cuando las luces de las velas se apagaron en la mitad de la noche y en este siglo, te escuché reír, amigo guante, oh sí ahora amigo tan amigo mio, con tu boca negra de cuero, diez de ustedes, al mismo tiempo, en una fila de coro recta y longilinea hasta el infinito, alineados en fila recta, el tercer cuerpo, el padre y el hermano que nunca nació, ahí al costado, riendo con una carcajada congelada y demente, sobre el cuerpo masivo y vital de la noche cayendo sobre sus criaturas, y lo que me dijeron, solo tu lo sabes madre mía, solo tu puedes explicarlo con la potencia de la vida y de la muerte. Y mientas piensas en tu electricidad humana como contármelo, yo puedo suponerlo, con mi pequeña cabeza, y sentir la otras cabezas, las bocas y las cabeza de los guantes, reír y reír, porque sonrien por mi, pero te llevan a ti en la fiesta de la Gran Bocanada, en la presencia viva de la locura y de los dedos precisos y presentes pero innombrables que vienen a tajearte los pechos y la cara para desnudarte de toda carne y dejar los huesos pelados para la ratas, a sorberte el seso y hacerte de ti un recuerdo admirable, mientras cada guante y sus temblorosos dedos se acercan a nosotros con su cobertura bituminosa y húmeda, a nosotros, los corderos de Dios, para ungirnos y lamernos, en el éxtasis de la desarmonía.

 

Autor: Fernando Bocadillos

Webs:

bottom of page