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Lágrimas negras


Pintura de Luis Otero

¿Cuál será esa extraña enfermedad que nos hace volver a ese lugar de donde hemos huido? Ese lugar que había abandonado ya hacía como cinco años. Afuera llovía a cántaros y solo podía distinguir figuras que saltaban sobre los charcos para evitar mojarse mientras los autos iban y venían generando olas artificiales. El médico me había prohibido el alcohol, pero esa tarde-noche, el frió y los nervios me habían obligado a pedirle una caña al mozo. De fondo se escuchaba ese viejo tocadiscos que nunca se animaba a cambiar esos compases de guitarra sincopada y esas voces que aún me confunden la alegría con el dolor. Cómo le gustaba a Celina que tomáramos un mojito cuando salíamos como prófugos del telo de la vuelta y nos refugiábamos en esa pequeña Cuba para intercambiar palabras, solo palabras antes de que saliera como tiro para mi casa temprano para no levantar sospechas. Nunca antes le había sido infiel a mi esposa, pero estar con Celina era como resucitar entre los muertos. El repiquetear de la trova me hizo volver al celular para asegurarme que no había sido un espejismo, que en verdad ella me había enviado ese mensaje misterioso para que nos volviésemos a encontrar y quizás volver a revivir esos buenos momentos. Cuánto tiempo había pasado y cuántas veces su solo recuerdo me llenaban los ojos de lágrimas negras como esa noche. Miraba el reloj entre sorbo y sorbo. La imagen de nuestros cuerpos, un tanto más jóvenes, enmadejándose en un ovillo de brazos y piernas me emocionaba. Éramos una sinfonía de gestos y anticipaciones que improvisaban lo impredecible en cada movimiento. Como estaría ella, quizás con un par de arrugas más que realzarían sin duda su erótica experiencia sobre esa tersa piel morena. Aún recuerdo el día que decidí dejarla. Me estaba costando cada vez más despegarme de ella en cada encuentro. Yo decía que no era amor. Que era cualquier otra cosa, pero que no era amor. Me quería convencer de eso. Mi familia, mi hijo, mi empleo, mi patrimonio, mi nombre, mi honor y Celina ahí dándome todo por nada, desinteresadamente. Celina, solo quería vivir la eternidad del instante y yo también. Juré por Dios y por mi vida que no volvería a verla. Debía tomar decisiones. Aquella tarde había salido del trabajo como era habitual, bajé del colectivo sesenta en la esquina de siempre un jueves más como éste. Pero algo no era igual, tenía la idea y la decisión tomada de acabar con lo nuestro o mejor dicho con eso que nunca había terminado de darle forma ni ponerle un rótulo. Yo deseaba terminar, era como infringirme un castigo, era mi propio juez y quería liberarme. Era mi propio sacerdote y quería perdonarme todos mis pecados. Masoquismo, lo llamarían algunos, pero era un sincero tema de conciencia, no podía seguir viviendo en la mentira. La vida nos llena de ridículas paradojas, después de aquel último trago la había besado en la mejilla y no en la boca, como era la costumbre en nuestras semanales despedidas. Fue un beso de traidor, un beso de Judas. Ella me llamó un par de veces. No muchas. Rápido se dio cuenta que yo quería cortarla. Sabía cómo ubicarme, pero Celina era muy ubicada y lo último que hubiese querido en la vida era armarme un quilombo con mi mujer. Y así fue como nunca más la volví a ver y esa promesa que había hecho estaba a punto de incumplirla. Nunca había tenido el presagio de encontrarla por esas casualidades del destino, pero el paso de ella por mi vida había sido una herida dulce e inolvidable. Estaba gustoso de acercarme al fuego de la tentación del que quiere volver a experimentar el dolor, aunque sea el final de todo. Después de dejarla, me cuestioné muchas veces en donde empieza y donde termina el amor, pero nunca tuve una respuesta que me convenciera. Nunca había hecho el mínimo intento de reencontrarla hasta que esta mañana luego de la vibración de mi celular la emoción de ver ese mensaje me sanó el alma. Pero volví a mirar el reloj, ya más impaciente y alterado. Llamé al mozo con un grito, había pasado más de una hora de la hora comprometida para la cita. Pensé que podría ser una maldición o quizás una especie de venganza cien por ciento merecida. Saqué mi billetera para pagar lo consumido y se abrió la puerta del bar. Era ella. No tenía dudas. Estaba distinta, pero era ella. Tenía un pañuelo en la cabeza y lucía un pilotín amarillo. Su sonrisa iluminó el boliche y mi ser. Estaba más flaca… bastante. Me pidió disculpas por el retraso. Quería verme, quería que acariciara su mano. Eso siempre le gustaba. No había hecho pareja. Le dije si quería un mojito para rememorar aquellos buenos tiempos. Me dijo que no, que no podía por la medicación. Nos miramos, nos sentimos y me confesó que quería que rezara por ella. Había empezado un tratamiento de esos que no queremos nombrar hacía un par de meses. Mis lágrimas negras reventaron mi corazón y brotaron por mis ojos al compás del bolero que sonaba. Fue un encuentro fugaz pero intenso, como Celina. Salimos del local abrazados, yo quería tenerla conmigo para siempre. Seguía lloviendo copiosamente. Nos dimos un beso menos apasionado que otras veces pero más sincero. Paré un taxi, le abrí la puerta y dejé que se fuera con su pañuelo de seda estampado sobre su cabeza. Yo me quedé inmóvil mojado como un pez. Sentí que siempre quiero lo que no puedo tener. Ella me miró compadeciéndome por el parabrisas. Mi mano extendida hizo desaparecer el vehículo en el horizonte. Hoy no dejo de amarla a la distancia y en mi sueños la sigo colmando de bendiciones.

 

Autor: Gustavo Vignera

Página personal es www.gustavovignera.com

Facebook: Gustavo Vignera

Twitter: @VIGNERA

Imagen de Luis Otero

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