Los ellos

01/11/2016

Come senators, congressmen

 

Please heed the call

Don’t stand in the doorway

Don’t block up the hall

 

(The Times They Are A-Changin’ - Bob Dylan)

 

A veces me pregunto si la decisión fue correcta, quizás  por instinto de supervivencia no tuve el coraje de seguir el destino de nuestra Especie y debido a ello hoy me encuentro habitando un pequeño cubículo en la mas absoluta de las soledades.  Mi nombre es Rikki Stormgren y alguna vez fui Secretario de las Naciones Unidas, “una de las personas mas influyentes del mundo” según rezaban los diarios de la época, pero sin embargo en los años que duró mi gestión nunca pude conseguir solución alguna a ninguno de los problemas que llevaban a nuestro mundo a un colapso irremediable. Las guerras se tornaban tan furibundas como irracionales, sus conflictos eran una mezcla de motivos religiosos, económicos  y políticos; y poco a poco se expandieron a lo largo y ancho del globo terráqueo. La crisis económica y de recursos nos volvió más individualistas; en un marcado retroceso evolutivo habíamos regresado a nuestra edad más primitiva. Nuestra mundo se había sumergido en el caos más absoluto por primera vez en la historia. Todo comenzó a cambiar a partir de que llegaron “Ellos”.

Desde que los “superseñores” irrumpieron con sus naves enormes y poderosas tardamos décadas en darnos cuenta cuál era  su verdadera misión para con nuestro pequeño mundo; naturalmente al principio sentimos miedo pues la impresión que daban era como si el cielo de pronto se hubiera petrificado y presto a caer encima nuestro. Las aeronaves poseían formas variadas y durante su vuelo proyectaban enormes sombras que cubrían ciudades enteras y permanecieron ahí, suspendidas por décadas en los puntos más importantes de cada continente, de cada país, de cada rincón. Por primera y última vez nuestro planeta había sido sitiado.

Los visitantes del macrouniverso estaban poderosamente organizados y se anunciaron ante el mundo  consiguiendo que las guerras dejaran de existir paulatinamente, las ambiciones políticas y territoriales cedieran ante los dueños del saber supremo, y las religiones aún las más antiguas cobraran otro significado. Las enfermedades de a poco encontraron su cura y las expectativas de vida crecieron a una tasa sin precedentes. 

Karellen fue nuestro interlocutor y durante mucho tiempo solo escuchamos su voz. Era una voz grave, profunda pero a la vez desprovista de todo personalidad que provenía de una especie de cámara Gesell en donde éste se ocultaba detrás de un vidrio espejado.

 

Así fueron las cosas durante los primeros cincuenta años, hasta que un día Karellen nos comunicó que ya estábamos listos para conocerlo físicamente; se trataba de un ser inmenso, como de dos metros treinta de alto, al igual que nosotros con dos brazos y dos piernas, una cara angulosa y una nariz prominente pero de ojos color amarillo coronados con una pupila similar a la de una serpiente y una larga cola que terminaba en punta. Era la imagen del diablo pagano, del demonio representado en las iglesias, del Portador de la Luz para algunas religiones arcanas.

Aquel día además de la novedad y frente a los ojos entre extrañados y escandalizados de todos, nos anunció la segunda parte de la misión: tanto la tecnología como su poderío extrasensorial combinados de una manera que excedía nuestro saber científico más avanzado estarían destinados a influir sobre los seres vivos de este planeta instándolos de manera taxativa a dar el siguiente paso en nuestra evolución. Esto significaba abandonar la dependencia de la materia en donde estaba alojada nuestra alma y convertirnos en una nueva forma de vida cuyo hábitat sería el universo entero, compuestos solamente de energía, de una energía vital de la cual en algún momento mediante experimentos científicos habíamos captado pequeños fenómenos que indicaban su existencia pero que a la postre no conseguíamos reafirmar una miserable hipótesis. A ese proceso, por el cual ya habían pasado  civilizaciones de otros planetas recónditos Karellen le llamó “Apoteosis”. No podía haber resistencia alguna, era el mandato de las autoridades más altas que signaba a  nuestra especie, cual ley mendeliana, a nuestra desaparición transformándonos en una especie intangible, transparente, aérea, aguachenta. Fue así que soy el último de los testigos de aquel apocalipsis monumental. Los cuerpos de a miles iban desapareciendo cual estallidos de luz y el cielo en todo el mundo se asemejó a una aurora boreal.

Cuando llegó mi momento me negué, tuve miedo al cambio, preferí perecer a alcanzar una insegura inmortalidad; Karellen se apiadó de mí pues nuestra relación por todo aquel tiempo se había vuelto muy estrecha.

Fue así que poco tiempo después de aquello me encuentro parapetado aquí en Phobos, una de las lunas de Marte, esperando mi desenlace natural, no la paso tan mal como suponía al principio, poseo una habitación con una cama que oficia de dormitorio en la cual no utilizo sábanas ni frazadas pues la temperatura es agradable. Un baño pequeño pero confortable y una habitación con un gran ventanal a través del cual puedo visualizar el cráter Stickney recortado bajo un cielo rojizo. Sobre aquel cielo muchas veces puedo ver el paso de cometas y otros objetos desconocidos que no se revelan ante mi mente casi desprovista de conocimientos en temas astronómicos. Solo a veces, muy de vez en cuando, el cielo se aclara hacia un tono anaranjado y puedo observar con cierta nostalgia en dirección a Mercurio, más a la derecha unos pocos grados, un hueco que quedó como un salto de hoja en el orden natural; en aquel hueco, al lado de Mercurio alguna vez hubo un planeta en el que yo nací, en el que tuve ancestros,  familiares, amigos y enemigos pero del que queda solo restos de roca dispersos por el universo.

 

 

(*) Aclaración del Autor: para la construcción de este relato fueron tomados algunos eventos y personajes de la novela El Fin de la Infancia de Arthur Clarke, lo que de ninguna manera hace referencia al nudo central  de dicha novela ni al sentido global de la misma. Solo se trata de una asociación libre que por supuesto va por otro camino. De paso recomiendo leerla pues es una de las mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos.

 

 

Autor: Jorge Augusto Tuzi

 

Nací en Villa Dominico el 30 de Junio de 1960 en un hogar de clase trabajadora.
 Me acerqué a los libros desde muy corta edad. Mi casa era pequeña; habitada por mis padres, mi hermana y mis abuelos. Como solo tenía dos habitaciones y ya estaban ocupadas, mi cama  estaba en el comedor, sobre un sofá al que la biblioteca le hacía la veces de cabecera. En las noches de sueño tardío descubrí que algo mejor que el somnífero era leer un libro. De ese modo me aproximé a los clásicos, fundamentalmente los libros de Julio Verne y las Narraciones Mitológicas. Fue así que comencé a preguntarme como podían habitar en la mente de una persona todas esas historias repletas de magia y realidades alternativas. El paso siguiente fue intentar ponerme en la piel de un escritor, algo que por cierto me esta resultando muy difícil pero gratificante con cada logro obtenido.

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266

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