Un día y una noche a principios de los 90

01/10/2016

  

   Los 90 fueron tiempos solitarios y acerados, fríos. Ni siquiera sé si solitarios, más bien desolados. Algunos atormentados, mejor dicho, nos dimos el lujo de ser solitarios.

   Era una tarde de algún mes de invierno, siempre andábamos de a tres, los dos pibes y yo. A veces había alguien más pero nosotros éramos el núcleo duro del asunto en ese año, después todo cambió.

    La cuestión es que no teníamos plata. Bueno, yo nunca tenía, además era la más chica, los otros dos se supone que eran grandes, por lo menos para mí siempre fueron grandes. Por otro lado nunca había entendido cómo era el tema de la guita, siempre anduve sin nada, siempre me invitaban todo, a comer o a cualquier otra cosa, vicio o gusto.

   Como dije, estábamos cerados. No me acuerdo para qué específicamente necesitábamos la plata pero sé que además de no tenerla, tampoco teníamos nada más que tuviera valor porque ya todo había sido empeñado.

   Lo único que había sobrevivido era una máquina de escribir vieja, pero no tan vieja como para ser una antigüedad. Vieja como de los 60 o 70, de plástico rojo y una base blanca amarillenta y bastante fea.

 

   Nos vamos hasta Corrientes a la altura del Abasto, el shopping todavía no existía, era sólo el esqueleto ruinoso del antiguo mercado lleno de ratas y vagabundos. En la vereda de enfrente había dos locales que compraban cosas, aun hoy los veo cuando paso por ahí.

   Vendimos la máquina en el que nos ofrecieron más. No recuerdo en qué gastamos lo que ganamos pero sé que fue en dos segundos y después de eso volvimos a estar cerados y sin nada que vender.

   Habremos vuelto al departamento donde nos refugiábamos, zigzagueando por la ciudad, alegres y borrachos.

   Como a las doce de la noche salimos otra vez, la imagen que tengo es tan grotesca que da risa… Vemos un fitito rojo, uno de mis amigos lo abre y lo pone en marcha haciendo contacto con los cables de abajo del volante. Tenemos coche, somos casi ricos.

   Nos encantaba capturar autos y andar por ahí, por la ciudad hasta el amanecer, y después abandonarlos en cualquier parte. Esta era la primera vez que era un fitito. Los fititos son bizarros, éramos 3 y atrás no tiene puertas, obviamente atrás iba yo porque era la más diminuta, los otros dos grandotes se sentaron adelante y cantaban alguna cosa con voz de hombres locos.

   Cuando dejé de sentirme encerrada en una lata de atún me relajé y me recosté contra el asiento marrón y dejé de escucharlos. La ventanita me dejaba ver Buenos Aires del modo que me gustaba, sobre ruedas y de forma silenciosa, las calles sin gente, iluminadas de forma amarilla y triste. Nos fuimos para el lado de la Paternal, de Parque Chas, de Agronomía.  Yo sólo pensaba en Trisol Suárez que era el personaje de los cuentos que estaba escribiendo por aquellos tiempos. Me lo imaginaba caminando por ahí, más que nada por la Paternal, mirando los arbolitos raquíticos de las veredas que ahora estaban desiertas y yendo a comprar vino con paso lento. Me imaginaba a María que era su chica, esperándolo en el cuarto en el que vivían, tirada en la cama mirando el techo y pensando en trenes y lugares lejanos a los que nunca podría ir y en otros tantos de los que había huido. María que era una sobreviviente de todo lo duro que tiene la vida de los que tienen que sobrevivir a una vida dura.

    El fitito avanzaba, no le faltaba nafta, avanzaba por la ciudad sin gente, por barrios de casas bajas.

   Era principios de los 90, todavía no había sucedido el aluvión de familias enteras viviendo en la calle. Todavía el sueño idiota estaba vivo.

   Después de unas vueltas sin sentido por Parque Chas, donde yo creo que definitivamente se abre una puerta a una dimensión desconocida; así como Cortázar cree que en el subte el tiempo se contabiliza de otra manera, yo creo y afirmo que Parque Chas, por lo menos de noche, por lo menos en un auto robado, por lo menos para nosotros tres, es una puerta siempre abierta para una dimensión desconocida.  No porque pasa nada en particular sino porque los sentidos son alterados de forma inequívoca. Después de ese paso iniciático por esa puerta, no volvés a ser el mismo.

   Bajamos cerca de Agronomía a estirar las piernas, a caminar un poco, a sentarnos en el pasto de una placita. El reloj siguió contando minutos como tenía ganas, consumiéndonos las horas mientras arreglábamos el mundo con la lengua, aventurábamos las posibles soluciones a la guerra de lo que había sido Yugoslavia como si todo fuera un tablero de ajedrez. Todavía no sabíamos de las violaciones masivas y sistemáticas ni de las limpiezas étnicas; tampoco Kusturica había hecho Underground.  Recién estaba empezando todo eso.

   Después nos subimos a un árbol de ramas gruesas y no muy alto y nos quedamos ahí, contándonos historias, yo a veces leía algo de lo que tenía en mi cuaderno que llevaba en el morral y hablábamos de novias y novios, de minas, de pibes y de borracheras.

   A uno de los chicos le encantaba lo que yo escribía y me hacía releerle el mismo texto una y mil veces, y después que pasaba un rato, me pedía que lo leyera otra vez.

   Cuando el cielo se aclaró y ese naranja rosado porteño se vislumbró en el horizonte, nos subimos otra vez al fitito y anduvimos con él hasta dejarlo casi donde lo habíamos encontrado. Desde ahí caminamos de vuelta hasta el lugar donde recalábamos en aquellos tiempos y dormimos sueños absurdos y coloridos.

 

 

 

Texto extraído del libro "De Fauces al Subsuelo" publicado por Ediciones Frenéticos Danzantes 

 

 

Autora: Marina Klein

 

Soy autora de De Fauces al Subsuelo y de Danzando entre la Nada y la Furia, ambos editados por Ediciones Frenéticos Danzantes. También dirijo esta revista y la editorial recién mencionada. 

Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos  en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal. Desde que volví, además de colaborar con varias publicaciones de habla hispana, hacer libros y revistas, coordino algunos selectos talleres de escritura y estudio para los últimos finales que me quedan  para obtener la licenciatura en sociología. 

 

Facebook: Marina Klein

Twitter: @Marina_Kle

 

 

Imagen de Leo Pedra 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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