La Renga

 Yacía en una cama como yace la gente sola: sola.

Con los ojos redondos y estáticos fijos en el techo, de vez en cuando un parpadeo solo para humedecerlos. Negros, pétreos. Aun así, una llama. Si alguna vez viste esa mirada, sabés que se trata un poco de ambición, de un poco de dulzura, de un poco de fracaso, y de cómo eso te pega en la cara y te triza las facciones. Te vuelve flaco por dentro. A veces uno nace con eso adentro, te da esa rosa, esas espinas también, y todo a lo que se aferran tus manos se crispa y teme llorar.

La renga yacía en su cama pensando. La manta extendida hasta el cuello, los puños sobre el dobladillo de la manta, los nudillos blancos, y la manta estaba tan arriba que la parte de abajo solo mostraba un solo pie. El otro pi estaba oculto mas arriba, solo por el hecho de que Dios le había dado pie y medio.

No te fíes de los feligreses con el corazón débil que te dicen que algún dios es un dios de amor.

Dios es flor de hijo de puta.

Y la renga bajó la manta de un tirón, enojada. Se levantó de la cama, fue hasta el armario y sacó un par de tijeras de un cajón y volvió a sentarse en la cama. Puso la tijera abierta en su muñeca izquierda. No respiró. La punta hizo un agujerito en la piel, y la piel abierta dejó escapar una gotita de sangre. La joven pensó que esta cosa roja era lo que la mantenía viva, y sin esa cosa roja (la sangre es una cosa) ella dejaría de ser una cosa.

Entonces, desde el cuello hasta las rodillas, con la tijera abierta, rasgó el deshabillé por delante y se deshizo de la tela inútil y tiró las tijeras al otro lado de la habitación con asco.

El cuerpo imperfecto, expuesto, de la renga. Los pechos el abdomen el pubis y esas piernas donde la mala suerte no había terminado bien el trabajo.

 

"Tengo algo adentro y eso me ha de llevar a algún lado", pensó.

 

Se dejó caer en la cama sobre el flanco, hecha un ovillo y antes de apagar la luz, con una mano en la entrepierna y con otra tapándose el rostro, con pensamientos que solo Dios conoce, acabó.

 

                      

 

Se levantó con los primeros rayitos del alba dándole en la cara a través de las rendijas de la persiana. Se puso una remera, unos jeans, medias, los zapatos ortopédicos.

Agarró las llaves, las puso en el bolsillo y de la mesa de luz un paquete de Baltimore. Sacó un pitillo, se lo puso en la boca de labios tensos y duros. El encendedor hizo un click, la llama, la inhalación. El cigarrillo temblando en la mano. El sonido de un pájaro. Un pájaro que gorjea como un niño. Prendió la radio y una bachata meció el aire lívidamente.

Los pájaros lo dicen mejor, pensó la renga, y apagó la radio, con el hielo aparente de las almas buenas en los ojos.

 

               

 

Comadre está festiva, debajo de los banderines de colores. Con su gruesa cintura y sus rulos de ruleros y las gafas de culo de botella, nunca había podido dejar de estar de un ánimo exacerbadamente festivo. Nadie la culpaba, enorme como era, con sus gruesas piernas sosteniendo el cuerpo gigante, no, nadie la culpaba, y menos la renga, que estaba cruzada de brazos en la sombra contra la pared en el baile de la sociedad de fomento. Pelo negro atado en una cola, saquito de lana rosa sobre una remera negra. La prudente falda hasta los pies.

Y ella lo veía todo. Los jóvenes bailando o charlando o simplemente haciendo las dos cosas al mismo tiempo. Todo un logro de coordinación para un hato de gente linda.

La renga giró la cabeza a un costado y sin dejar de mirarlos, escupió.

La mujer podia ver en capas. La primera, los circundantes del baile más cercano. Torsos, nucas, un leve zarandeo. El recorte de pelo en la nuca de los hombres, rodetes y lacios y coletas brillantes en las mujeres. Poco interesante.

La segunda capa, la peor de todas, los bailarines tensos en su afán de agradabilidad, por ende, inhábiles. Sudores y carótidas. De vez en cuando, alguno pegaba un salto en un paroxismo de la danza inexplicable para la renga.. Entonces ella doblaba los labios en una media sonrisa, endurecida irónica, y giraba la cabeza a un costado, permeada levemente.

 La tercer capa estaba más allá del baile. Los viejos, los borrachos, las tías resultonas y las mujeres con niños de pecho, amamantando, sumidas en el exilio de una responsabilidad oscura, se sentaban en los bancos hechos con tablones y tachos de pintura, figurando los porqués y esperando, reblandecidos por la realidad y esperando.

Entonces, como sucede en todos los cuentos de hadas, la renga lo vio. Y medio que se pegó un susto, porque al principio pensó que él tenía miedo, porque lo vio mirándolo todo en la oscuridad, los ojos entornados y pequeñitos brillando como bolitas incluso en la oscuridad, tan piadosa, y lo vio en una cuarta capa, y entonces la renga se dio cuenta que no era miedo, sino hambre.

De vez en cuando la segunda capa de bailarines se hacía un jirón y la mujer lo escaneaba en una milésima de segundo. Ladeó la cabeza y aguzó la vista hasta llegar a él, anónimamente. Tendría definitivamente la mayoría de edad, más, veinte años. Un tanto gordito, sin afeitar, el pelo medianamente largo, nariz prominente. Cuando el hombre deshizo el cruzamiento de brazos y se arregló el pelo detrás de la oreja, vio que esta era pequeña y pegada a la ancha cara. Tatuaje en el antebrazo, manos pequeñas.

Jean gastado, camisa negra, zapatillas.

"Debe tener el alma blanca", pensó Lidia, y cuando este pensamiento le cruzó la cabeza se sintió sorpresivamente enojada consigo misma.

Inspiró, deseando cerveza, pero la renga no tomaba y su cara dura y hermosa se inclinó a un ocaso azul casi transparente. Vida de mierda con esos frikis del carajo.

Y la renga volvió a mirar al tipo de costado, súbitamente parapetada a destajo por la penumbra del sector de los apartados, y esto no le gustó, y toda la mierda le cayó encima como un volquete de ladrillos en la cabeza y en el lomo, llenándole el alma de tristeza y cuando el corazón se le llenó de tristeza se puso furiosa, y entonces puso pies en polvorosa y, circundando el baile, tocando la pared del perímetro del gimnasio más para tener un asidero moral que para no darse un porrazo, se acercó al muchacho ceñudo que bebía de un vaso de plástico lleno de cerveza.

 

"El pelo se le metía en el vaso porque no quiere estar acá".

"Bah, en una de esas sí quiere"

 

Pero la renga sí sabía de esas cosas, porque así están las cosas.

Llegó a la esquina del local y lo vio de perfil y más de cerca. Un metro setenta (con zapatillas, se dijo para sí misma), panzón... levemente. Ok. Los pantalones con botamanga, piernas cortas, ligeramente encorvado, pechera de gorila, papada barbada, el flequillo en cinco años pasaría de apenas la frente hacia patentemente el nacimiento del cráneo.

Y una cosa más, que hizo que la renga se sonrojara.

La mujer apuró el tranco hasta ponerse al lado del gordezuelo que estaba absorto en la zona de luz de los bailarines, cabeceando levemente al son de la música, apenas zumbado de birra.

Cuando estuvo a su lado, juntó las manos sobre la falda y después las separó para arreglar los costados de la pollera, y, mirando al frente dijo:

 

- Tenés la bragueta abajo.

 

El hombre se despertó del leve sopor girando la cabeza. Vio unos ojos negros y ríspidos y las cejas de ella se inclinaron en un dejo tutorial.

Entonces la mujer bajó la cabeza y volvió a mirar al frente hacia los bailarines. Luces de colores, rojas y azules, enmarcaban los rostros de ambos.

 

- Tenés la bragueta baja y te puedo ver el calzoncillo.

 

El hombre parpadeó y miró hacia abajo y vio parte de su humilde masculinidad enfundado en el calzoncillo blanco.

Rápidamente se recompuso, dejó el vaso vacío de cerveza en el banco de atrás de él. Subió la bragueta.

 

- Perdón...

 

Cuando el tipo dijo perdón, a la renga se le cruzaron dos pensamientos. Uno, residual: que el tipo era un tonto que con un "perdón" podía zanjar cualquier situación, y dos: que en realidad pedía disculpas por algo que necesariamente no era un pecado mortal pero que le era engorroso o trivialmente insignificante.

 

- Siempre andás con el pito afuera vos, che?

 

El hombre apenas movió la cabeza, y la renga lo supo con la visión periférica.

 

- Y vos siempre le estas mirando la pija a los tipos del otro lado del salón?

 

La renga sintió un dolor en el corazón y no sabía si sentirse mal o bien. Solamente sintió.

 

Yo no... - quiso replicar la renga, pero como solo había una respuesta coherente y no podía decirla, la dijo igual.

 

- No, no le miro la cosa a nadie. No te estaba mirando la chota.

- Y cómo te diste cuenta?

- Soy muy observadora.

- Ya veo...

 

La renga miraba fijo al frente y el hombre la miraba, y la renga se enculó, porque pensaba que lo había hecho todo mal. Aunque nadie estaba mirando y escuchando, Lidia pensaba que todo el mundo estaba mirando y escuchando, porque ella siempre estaba mirando y escuchando, y a ella nadie la miraba nunca y rara vez decía algo. Cosas del corazón.

 

- Soy Fer - dijo el muchacho y le extendió la mano izquierda para estrechar la de ella.

 

La renga no le dio la mano. En vez de esto dijo, ofuscada:

 

- Vos de que planeta viniste?

 

El tipo se sonrió con una sonrisa de labios cerrados, como de Droopy, y Lidia pensó que él sabía que algún día se iba a morir.

 

- Yo vengo de... una estrella distante, de Uranus. Queda a la vuelta de la Capital Federal pasando la autopista de... como se llame... vos quien sos?

- Yo soy la Lidia.

- Y te dicen...?

- Sí. Y a vos te dicen forro del orto.

- A mí me dicen andate.

 

La renga hecha una furia amagó darle un sopapo y el muchacho la anuló poniéndose pegada a ella.

 

- Lidia, sabés qué?

 

Lidia tenía otra vez esas brazas en los ojos y a Fer le gustó.

 

- Qué... estúpido.

- Se me volvió a bajar la bragueta.

 

La renga bajo la vista y la subió de vuelta rapidísimo y no pudo evitar un espasmo de risa. Y entonces levantó la cara, que de repente estaba desnuda y sin máscara, pelada y sin más fuerzas para retruécanos y boludeces.

 

- Tenés que ir a que te cambien el cierre.

- Difícil conseguir una mercería un domingo a la medianoche.

- Yo sé coser.

- Mh. Cosés bien?

- Soy una experta del re carajo.

 

                                      

 

La mujer tomó el costurero y lo puso sobre la mesa. La cara solemne, casi enojada, pero en realidad estaba descolocada. Él se sacó las zapatillas, después el jean, quedando en calzoncillos. La mujer vio que la ropa interior del hombre tenía unas calaveras azules. Los testículos apretados en la tela. Sin erección. Casi sintió culpa. Se suponía que los tipos te ponían contra la pared y te cogían. Y este tipo parecía que realmente esperaba que le cambiaran el cierre del jean.

Los pies sucios. Un corte en la rodilla. El vientre colgando aún en la remera.

La renga lo miraba con la boca casi abierta.

 

- Tenés algo en la rodilla.

- Me corté.

- Como.

- Me caí.

 

Lidia lo miraba de pié, aun con la palma de la mano sobre el costurero sobre la mesa.

 

- No sé coser muy bien.

- Y yo no sé coger muy bien.

- Estamos a mano.

- Sí, estamos a mano.

 

El hombre se cruzó de piernas y prendió un cigarrillo y la miró directamente a los ojos.

 

- Bueno, algo vas a tener que hacer con esas agujas.

- Sí, metérmelas en el culo - dijo la mujer, casi sonriendo.

- Probable. Tenés una Bic?

- Qué?

- Una birome.

- Hay un lapicero ahí - dijo señalando una cómoda en el living.

 

Fernando se levantó y fue hacia el lapicero. Parecía un gorila bebé, oxidado, un niño viejo. Expelía un aura cansina pero potente.

Lidia respiraba pesada y lentamente, aun de pie ahora, con el costurero en la mano que casi era un puño. El tipo volvió con una Bic negra, la dejó en la mesa y tomó el costurero de la mano de la renga. Sacó tres agujas pequeñas y las ató juntas con un largo pedazo de hilo azul que cortó con los dientes mientras la miraba a los ojos, en silencio.

 

- Sacate la ropa.

 

Lidia exhaló profundamente, sin sosiego, y haciendo de tripas corazón para no preguntar más nada, se quitó el saquito de lana primero, la remera después. Tiro la ropa al suelo y dejó los brazos laxos a los costados del cuerpo, y cuando él le dijo "Toda la ropa", se quitó el sostén, y lo hizo un bollito con las manos y lo dejó con las palmas hacia abajo sobre el corlok de la mesa.

 

- Todo.

- Y vos?

- Tenés razón.

 

Fer se quitó la remera, después los calzoncillos. Pelos en el pecho, negros, lacios, alrededor del ombligo, rizos negros en el pubis, rojizos, en el escroto, en los huevos.

La renga apretó los labios y se bajó la pollera. Un culotte de satín negro alrededor de las amplias caderas trigueñas, y cuando se bajó la bombacha, esta se enredó en el botín ortopédico y Lidia destrozó la bombacha con ambas manos con tirones impotentes que la hicieron trastabillar, pero se recompuso y recobró el equilibrio y volvió a ponerse derecha, muy lejos de estar serena, mientras le caían las lágrimas por la cara, que tenía la seriedad de una cruz en la tapa de un ataúd barato.

 

                                   

 

Y estando los dos desnudos, el uno contra el otro, se entendieron a la perfección (como en todo cuento de hadas que se precie).

Fernando le puso la mano en la mejilla a la renga, que crispó la cara no por vergüenza, sino porque estaba enojada por algo que podía entender a la perfección pero que no se debía decir a nadie con precisión. Súbitamente deseó que el hombre la golpeara o ser arrollada por un tren, lo cual hubiera surtido el mismo efecto y aun así no habría solucionado nada que ella no quisiera solucionar.

Y entonces el joven, que sabía de estas cosas, le mordió levemente la mejilla y la renga se rió y, sin más, se echó a llorar sobre la piel de su hombro que olía a grasa, sudor, y tabaco.

Y el tipo le puso una mano en la nuca y la acostó sobre la mesa, desnuda como estaba, y le dijo:

- Boca abajo.

 

La renga se puso boca abajo con las manos sobre la cabeza, y Fernando apretó férreamente las muñecas para que estas estuvieran más juntas con un apretón entre dulce y tiránico y la mujer descubrió que respiraba con dificultad.

Las lágrimas no se secaban aun en sus mejillas y, aunque no pudo sonreír, Lidia, la renga Lidia, se encontró no solo feliz, sino algo más que no había sentido nunca: era una rehén de un agente exterior a sus propias fuerzas.

El hombre pellizcaba su espalda, fuerte, y la espalda se crispaba y volvía a la relajación anterior, que no era en realidad relajación alguna, y la mesa de corlok barato, fría, a punto de sucumbir y la renga en toda su longitud, con un pié colgando de la punta de la mesa y el otro pié bien adentro de la mesa y la renga estaba muy quietita y respiraba poquito y la renga era tan grande como todo el mundo, y era larga como todos los caminos, y expansiva, y al igual que una granada podía explotar, mientras el hombre cortaba su piel con las agujas puntada a puntada y la tinta azul se metía dentro de su piel, dentro de su carne, dentro de su vulva y de su vida y de su alma, puntada a puntada, una y otra vez dejándola sacrosanta.

Cuando Fer terminó, la renga estaba más que despierta. Metió la cara dentro de las nalgas de ella e inspiró con la nariz contra su ano, y entonces la renga, delicadamente, hinchada y dolorida por las agujas, bajó la mano temblorosa a punto de desfallecer, y la apoyó en la cabeza de él y le dio una tierna caricia y entonces lo metió más adentro de ella tomándolo por los pelos, literalmente dentro de su vida, dentro de cada uno de sus cuidadosos y bestiales movimientos.

De su mierda.

Y por primera y última vez en su vida, rezó un por siempre, de esos que se hacen rara vez en cuando por los freaks santos del mundo, una vez que las cuentas están claras. 

 

Autor: Fernando Bocadillos

 

Webs:

 

www.fernandobocadillos1.bandcamp.com

www.volvepordondeviniste.blogspot.com.ar

 

Imagen de Grete Stern

 

 

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