Salto al vacío

01/09/2016

 Está parado en la cornisa del edificio. Sabe que pronto vendrá el jefe a poner orden. Seguro que sus compañeros ya lo llamaron. Se asoma. La calle está atestada de gente. Deben ser alrededor de la una del mediodía. Desde la distancia cree poder diferenciar a los turistas de los vendedores. A los vendedores de los pungas. Y a los pungas de los trabajadores. Todavía nadie lo mira. No sabe si esperar primero al jefe o a los canales de noticias. Se aburre. Ensaya su monólogo.

 – Ya no puedo soportarlo. – dice con un ligero temblor en las manos. Se ríe. Sabe que hará lo que sea para delatar al jefe.  – Ninguno de nosotros puede soportarlo. – señala al vacío. Se le escapa una risita. Se pone serio. No puede permitirse reír en una situación como esa. El jefe se da cuenta de todo. ¿Ya lo habrán llamado?

El jefe está sentado en su escritorio enorme de color caoba. Se rasca el poco pelo que le queda en la cabeza. Giménez entra bañado en transpiración. Se retuerce la corbata. Mira el suelo. Le cuenta lo que está pasando.

– ¡¿Qué HuRRRRRanga hizo que?! – pregunta. Arrastra las R con furia, como cuando los llama pedazos de mieRRRRRda. Su barriga le dificulta salir de atrás del escritorio. Cruza la puerta a pasos agigantados. Exagerados. Escupe insultos a todos los empleados. La secretaria se lleva los peores. Giménez se esconde en el baño. Vuelan pisapapeles. Lapiceras. Abrochadoras. Tijeras. Todos se agachan y lo dejan pasar.

Dos camionetas de canales de noticias doblan la esquina. En la calle la gente alza sus cabezas. Usan las manos como visera para cubrirse del sol. Él mira los techos de los demás edificios. Nadie. Es el único suicida del día.

Un helicóptero vuela en círculos sobre su cabeza. El viento que genera casi lo hace caer antes de tiempo. Se asoma de nuevo. Todavía no llegaron los socorristas con la red, pero están en camino. ¿Y dónde está el jefe? Los periodistas se acumulan alrededor del edificio. Todos lo observan. Lo esperan.

Se acuerda de un artículo que leyó en una revista. Decía que era bastante más probable morir de un paro cardíaco durante la caída, que del impacto. Espera que sea cierto, pero sabe que no lo es. Se pregunta si en realidad lo del maltrato del jefe no es más que una excusa. Un motivo. Un móvil. ¿Cuántas veces había pensado en el suicidio antes?

Pero ya llega el jefe. Lo escucha bufar mientras sube agitado las escaleras. Abre la puerta de un golpe. Con una mano se toca el corazón. Con la otra se apoya en una pared. Toma aire. Le grita. Que qué está pasando, que quien se cRRRRee que es, que ni sueñe en volveRRR a tRRRabajaRRR ahí. El helicóptero graba la confrontación desde la distancia. Se arrima lo más que puede. El suicida se asegura de que haya un micrófono escuchándolo. Lo hay. Realiza su monólogo. No olvida una sola palabra. Procura que no parezca ensayado. No lo parece. Titubea. Llora. Tiembla. Transpira. El jefe no se conmueve. No le importa. No le interesa.

El suicida se asoma otra vez. La gente lo aplaude, lo alienta. Que salte, le dicen. Que asome un pie y después el otro. Que imagine que es una pileta. Que se tire de palito. O de bomba. O de cabeza, mejor. Que no tenga miedo. El suicida no tiene miedo. Cierra los ojos. Toma aire y salta.

Cae a ochenta metros del suelo. Se despide de todo lo que conoce. De la empresa, de sus compañeros. No conoce demasiadas cosas.

Sesenta metros del suelo. Los gritos son más enérgicos. Que se apure, le dicen, que está tardando mucho.

Cincuenta metros del suelo. Piensa en el impacto. No quiere sobrevivir. Piensa en su cuerpo desmembrado. Desarmado. Despojado. Y en muchas otras palabras con des.

Treinta y cinco metros del suelo. Ya no sabe en qué pensar. Mira los rostros de sus compañeros pegados en los cristales. Son fugaces. Apenas puede distinguirlos. Ellos no vitorean. Lo ven caer en silencio.

Diez metros del suelo. La calle está caliente, el pavimento hierve. Deben ser como las dos y media del mediodía.

Tres metros del suelo y los gritos lo aturden. No es el primer suicida que ven, ni será el último.

Un metro del suelo y el cuerpo cae con violencia. La sangre le salpica la pierna a un turista de gorro blanco. Saca fotos. Se ríe. Le muestra al hijo. El hijo le dice que también quiere que lo salpiquen. El resto se aburre, se va. El jefe observa todo desde la terraza. Un sueldo menos que pagar, piensa. El helicóptero abandona la escena. Los socorristas, al ver que no llegaron a tiempo, se confunden entre la multitud. Los periodistas graban un poco más y se suben a las camionetas.  Poco a poco la calle se va vaciando.

Un hombre se asoma por la terraza del edificio vecino. Mira al vacío. Le ganaron de mano, piensa. Otro día será.

 

 

Autora: Camila Alonso

 

Nazco el día más aburrido del año (domingo) y le corto el desayuno a mi papá. Como soy del ’97 todos en el curso siempre son más grandes que yo. A los cinco años mi mamá me enseña a leer. Y a partir de ahí pido libros para mis cumpleaños. Empiezo natación. Lo dejo. Empiezo básquet. Lo dejo. Crezco y a los once me creo capaz de escribir novelas de ficción románticas y cuentos de terror. A los doce me doy cuenta de que no puedo. Empiezo gimnasia artística. Lo dejo. Empiezo teatro. Lo dejo. A los catorce me ofrecen ir a un taller de literatura  y en la segunda clase decido que no quiero dejar de ir nunca más. Pasa un año o dos hasta que encuentro mi estilo y me inclino a escribir cuentos o textos cortos haciendo críticas sociales. También me gusta matar a mis personajes. Termino el secundario y empiezo la facultad. A los 18 participo con un cuento sobre un suicida en un concurso. No gano pero igual mi familia me lleva a comer a Mc Donalds. Sigo escribiendo. Cumplo diecinueve y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, pero sé que quiero seguir haciéndolo.

 

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