Fuerte el aplauso

01/09/2016

 

Las historias, como las prendas de vestir, las hay de todos los tamaños. Algunas son extra-large como la de los caballeros, gladiadores o superhéroes, otras enormes como esas novelas de amores apasionados que acaban con la sangrienta muerte de alguno de los amantes y otras pequeñas, simples, minúsculas, tan chiquititas que parecen salidas de un hormiguero. De esta medida era la historia de Lucio y Luisa, que no era Lane como la arriesgada reportera novia de Superman, sino García como una mas de las mil quinientas que figuran en la guía. Ese día las puertas del templo se abrieron y a la distancia pudieron divisar las siluetas nerviosas de la mamá de Lucio, con un vestido negro de encaje prestado por una cuñada y la del papá de Luisa, que ya hacia varios años que no aportaba, pero no quería perderse la oportunidad de salir en la foto del casorio de su hija. El órgano, como un enfermo
asmático, comenzó a soplar los primeros acordes de “Pompas y Circunstancias”, el tema que habían elegido juntos. Si bien en sus vidas, la únicas pompas conocidas eran las de jabón, las circunstancias habían hecho que sus vidas se cruzaran y germinara el amor sin muchas vueltas. Lucio sabía, por herencia familiar que tenía en sus manos el bien mas preciado por cualquier artista, es más, el bien más deseado por cualquier mortal cuyo ego sobrepase mínimamente al de los monjes
budistas del Tíbet. Ese bien era “el aplauso”. Desde los dieciocho años al igual que su madre y sus dos hermanas, rondaba los estudios de grabación de los canales de televisión, para ofrecer su servicios profesionales de aplaudidor. ¡Sí! Cómo suena, aplaudidor. Uno de los oficios menos pensado, pero necesario para levantar el entusiasmo y la energía de los aburridos programas de la tele. Él había aprendido el
oficio de chiquito, era una dinastía de aplaudidores. De generación en generación se iban enseñando la técnica para ser los mejores a la hora de festejar un chiste o simplemente al recibir la orden a través de una cartulina escrita con marcador por un productor atolondrado. Ya desde los tiempos de Héctor Coire y Pipo Mancera, sus ancestros curvaban sus palmas en forma de cuenco, para poder emitir el mas profundo y sonoro de los aplausos. De chiquito sus abuelos le contaban las hazañas
de Sábados Circulares cuando el conductor era encadenado y metido dentro de un baúl de hierro para ser sumergido en el puerto de Buenos Aires al mejor estilo del mago Houdini. Lucio tenía claro que nunca iba a ser un protagonista, no soñaba con figurar ni ser famoso, a él no le importaba eso. Él, con sus anteojos oscuros y su traje raído aún mas oscuro, sabía que su función en al vida era apoyar a los artistas,
estimularlos, motivarlos, y de esa forma lograr que los televidentes pudiesen gozar de esa experiencia única que solo él conocía, el contacto en vivo con el ídolo. Lucio, siempre estaba dispuesto a mejorar su técnica y no perdía oportunidad para ensayar. Siempre invitaba a aplaudir en los cumpleaños al ritmo del cumpleaños feliz, y no perdía oportunidad para convocar a un “Aplauso para el asador” y poder
deleitar con un resonante e inigualable aplauso. Luisa, había tenido, se podría decir, una vida paralela, nunca había querido estudiar, pero su herencia era similar a la de Lucio. Ellos se habían conocido en los pasillos de un canal de la zona de Constitución, mientras él iba a cumplir con su obligación de aplaudidor ella, con su enorme sonrisa dibujada en su cara, iba a cumplir con su obligación de reidora profesional. Y entre aplausos y risas surgió el amor. A pesar de sus jornadas interminables por los programas, ellos tenían tiempo para la intimidad y como toda pareja agradecían el amor que se brindaban con aplausos y fuertes risotadas. Lucio le contaba a Luisa que había conocido el aplausómetro y que había aplaudido a
cientos de artistas internacionales, ella, sin quedarse atrás, le contaba que había festejado con su risa tentadora los mejores cuentos de los humoristas mas destacados que ya no están y que sus abuela era la mejor para dar la carcajada justa en el instante exacto que Pepe Biondi recibía un tortazo. Así fue que la vida los fue llevando, como quien no quiere la cosa, hasta que decidieron no separarse más.
Y ahí estaban, a paso lento, nerviosos, los dos novios atravesando la alfombra roja que los conducía al altar. Poca familia había en la iglesia, de un lado los que venían a ver al novio, del otro lado los que venían a ver a la novia. Ella estaba brillante, él estaba como siempre, pero más atento, concentrado a cualquier cosa que el cura le pudiese pedir. Este bendijo las alianzas, los bendijo a ellos y sellaron su amor
incondicional con un rápido beso. El sacerdote, tratando de ser elocuente pidió un fuerte aplauso para los novios. De forma instantánea el ala de los parientes de Lucio estalló en aplausos ruidosos y desordenado. Hasta los santos de las nave izquierda empezaron a vibrar como si viniese un terremoto. Del lado de Luisa, los García se
quedaron inmóviles al ver la potencia sonora que venía de los bancos linderos. El cura intuyó que algo no estaba bien, algo había que sincronizar. Enérgicamente pidió silencio, se paró frente a los parientes de Luisa y con un ritmo bien marcado los fue llevando, uno, dos, tres, uno, dos, tres, un aplauso tras otro aplauso en forma acompasada, con cadencia, con entusiasmo se fueron sumando y sumando uno a uno, uno más uno, y de a poco la familia de Lucio también se sumó al ritmo y ahí Luisa y Lucio se abrazaron con los ojos repletos de lágrimas. Estaban recibiendo el único y merecido aplauso de sus simples vidas.

 

Autor: Gustavo Vignera

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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