Caszely

01/09/2016

 Carlos Caszely miró hacia los costados con la idea de hacer un paneo sobre las invitados que lo rodeaban. Se trataba de una convocatoria en su honor pues había decidido poner fin a su carrera como jugador de fútbol, el más destacado de la historia de Chile y para aquella recepción el general Pinochet, presidente de facto, había convocado a importantes personalidades de la cultura, del deporte y de los medios periodísticos, también políticos de poca monta y por supuesto integrantes de las fuerzas armadas y de la federación de fútbol. Los medios gráficos y televisivos adictos al régimen tendrían total libertad para filmar y fotografiar los diferentes momentos de la ceremonia. El salón de La Moneda se encontraba repleto. Corría el año 1985.

Cuando la Banda de Conciertos del Ejército comenzó a entonar el himno miró fijamente al  dictador quien se encontraba en el centro del escenario, se lo veía desgastado, envejecido y ya no tenía la apariencia del ente despiadado que el pueblo chileno solía temer.

 

Con aquella escena como disparador Carlos recordó un momento similar, mucho más ominoso  que protagonizaron el General y él exactamente once años atrás. Se trataba de otra recepción, pero en el edificio Diego Portales donde funcionaba temporariamente el poder ejecutivo pues La Moneda había sido bombardeada en virtud del derrocamiento de Salvador Allende y estaba inutilizable.  Fue en carácter de despedida del seleccionado chileno que a posterior viajaría para competir en el mundial de fútbol de Alemania de 1974. Los jugadores y el cuerpo técnico  tuvieron que formar una fila cual regimiento. Primero Pinochet pronunció  un discurso de cortesía y a renglón seguido comenzó a dar la mano a uno por uno. El ánimo de Caszely estaba condicionado por dolorosos hechos de la historia reciente, el sueño de una revolución truncada por la violencia, su apoyo desinteresado a la Unidad Popular, y como activista a Gladys Marín como candidata a diputada y a Volodia Teitelboim Voloski como candidato a senador, ambos electos y comunistas hasta los tuétanos. 

Mientras Pinochet se acercaba Carlos lo observó detenidamente, era un hombre seguro del poder que ostentaba, tenía un uniforme impecable,  la posición de su mano era con la palma hacia abajo en señal de supremacía; se sentía el dueño de la situación, poseedor del control.  Recordó la forma en que su padre le había enseñado aquel saludo: “un hombre sincero debe estrechar la mano del prójimo con firmeza pero sin una presión excesiva, la posición debe ser recta, en línea con tu cuerpo y en el preciso momento del contacto se debe dirigir una mirada amable a los ojos en señal de respeto y jovialidad”. Nunca olvidó aquella lección pues los buenos modales eran un tema importante en su familia y además el legado de un padre presente.

Pinochet se iba acercando enfrascado en su rutina de salutación y cuando estuvo a solo unos pocos metros  Carlos experimentó un miedo repentino que se iba acrecentando segundo a segundo hasta dejarlo casi paralizado, era el miedo que se respiraba en el aire de Santiago junto con el smog de la mañana, era un miedo primitivo, era el estupor que sufrieron los condenados al fusil en los estadios que obraron como campos de concentración, aquellos estadios donde se jugaba fútbol , el deporte que tanto amaba y que lo había llevado a la fama. Cuando el dictador estuvo frente a él Carlos lo miró a los ojos, en ellos no pudo percibir el mínimo resquicio de sentimientos; era una mirada glacial, una mirada vacía de humanidad, nunca había visto a alguien así tan de cerca en lo que iba de su corta vida. Inclinó levemente la cabeza hacia abajo y vio la mano extendida, los segundos que siguieron fueron tensos, Carlos permaneció con sus manos detrás de la cintura y le clavó la mirada a Pinochet con desprecio, su mano izquierda oprimió fuertemente su mano derecha contra su espalda para que no se zafe a último momento. Ambos por aquellos segundos contuvieron la respiración, una atmósfera espesa los envolvió. Ante la falta de respuesta  de quien tenía enfrente Pinochet retiró la mano y continuó saludando al resto del plantel.

 

Las últimas notas del final del himno trajeron a Carlos de nuevo al presente, Pinochet comenzó un discurso enfático a favor del deporte, la igualdad de oportunidades y la prosperidad de un proyecto de país que albergaba un futuro promisorio.

Mientras aquella parte del acto se desarrollaba Carlos volvió a sus pensamientos, aquella herejía le había costado caro, su expulsión del partido contra Alemania Federal, durante el mundial de fútbol,  fue teñida de subjetividades: el jugador Berti Vogts lo mató a patadas y cuando Carlos reaccionó increpándolo  ante la impavidez del árbitro, quien venía ignorando sistemáticamente aquella faena, el alemán siguió en la cancha y Carlos fue expulsado. La prensa chilena no lo perdonó, los medios periodísticos interpretaron la escena como un mandato del Orden Comunista Internacional pues a Chile le tocaba jugar el siguiente partido  contra “la otra Alemania”, la que se encontraba del otro lado del muro, la Alemania Democrática y argumentaron que éste no lo quiso jugar. Cuando volvió a Chile con el seleccionado derrotado en primera ronda Caszely se enteró que en su ausencia su madre había sido raptada y torturada por un grupo de tareas. Como una solución rápida para tan doloroso hecho Carlos volvió a España, país donde jugaba desde hacía un tiempo y se llevó a su madre. Nunca más será convocado a integrar el seleccionado nacional.

Años después retornará para finalizar su carrera en el Colo Colo, club que lo vio nacer y en el que sería goleador del torneo en reiteradas oportunidades.

 

La ceremonia toca a su fin, Pinochet se acerca con una sonrisa pretendidamente jovial, Carlos lo mira nuevamente fijo pero esta vez sin un resquicio de miedo ni rencor, le sonríe. Ya a un paso de distancia Pinochet le pregunta “¿Se va?, Carlos le responde  “Así es, ya está bien”; el dictador aguarda las fotos de la prensa con avidez, esto va a contribuir a su alicaída imagen, luego mira la vestimenta de Carlos y exclama “Usted siempre con su corbata roja. Nunca se separa de ella” a lo que Carlos responde “Así es Presidente, la llevo al lado del corazón”, Pinochet no se inmuta, “Así le cortaría esa corbata roja” y hace el gesto de usar una tijera con dos dedos.   A Carlos el gesto le pareció burdo, inmediatamente pensó: “podrá cortarme la corbata, podrá matarme o inducirme terror pero nunca general, nunca, podrá detener el curso de la historia, su gobierno tiene los días contados”.

El dictador le extiende la mano y Casely esta vez le retribuye el saludo, los fotógrafos dispararon sus flashes con una avidez inusitada.

Días después Colo Colo le organiza un partido de despedida contra un combinado de estrellas de Sudamérica. En el medio de un estadio abarrotado se ven las pancartas de las juventudes comunistas, solo radio Cooperativa se animó a transmitir el evento en directo,  en el audio se escucha el clásico canto “¡Y va a caer! ¡Y va a caer!”.  La despedida de Caszely se transformó en el acto político más significativo que se haya hecho hasta entonces contra la dictadura.

 

 

EPILOGO

 

Tres años después el general Pinochet llama a un plebiscito, la idea es consultar a la ciudadanía si  la dictadura continúa hasta 1997 o bien se llama a elecciones generales al año siguiente. Diferentes consultoras dan en sus testeos a priori una paridad en la balanza entre la continuidad del gobierno de facto  y la opción de la apertura democrática. En medio de los cientos de spots publicitarios aparece uno que fue determinante para inclinar la balanza a favor del NO a Pinochet: la mujer aparece sentada en un sillón color café en el living de una casa cualquiera, tiene el pelo corto prolijamente arreglado, una blusa blanca y sus ojos color azabache se ven encendidos por una llama que no podrían apagar ni cientos de cuarteles de bomberos, con voz calma cuenta al detalle la torturas y vejaciones que sufrió durante los peores años. Su cara por momentos se ensombrece, sus ojos se humedecen pero su voz permanece firme y no se quiebra. Finalizada su rutina que llevó alrededor de un minuto la cámara se expande, al lado de ella está Carlos Caszely quien luego de una breve y estudiada pausa dice lo siguiente:  “Porque su alegría, es mi alegría. Porque sus sentimientos, son mis sentimientos. Porque esta linda señora, es mi madre”.

Un año después el presidente Patricio Aylwin era electo presidente y Chile, de a poco, empezaba a contar otra historia……...

 

Autor: Jorge Tuzi

 

Facebook: Jorge Augusto Tuzi

 

 

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