El triciclo

01/08/2016

 

Con mi hermano subimos al techo para matar al triciclo de plástico,  mi mejor juguete, Tenía onda porque era como una moto chopera, amarilla con el manubrio y las ruedas negras. Todavía guardo una foto, con el pelo largo y lacio a lo Carlito Bala, montado a la nave, en la casa del barrio Municipal. Sé que la foto la sacó mi vieja porque atrás se ven sus malvones y se adivina su silueta proyectada en la carpeta de asfalto rojizo.

El triciclo fue un regalo de reyes cuando tenía cinco años. Con él navegué como un campeón todas las veredas de la manzana, y también; acompañado de mi hermano, recorrí la extensas sendas de tierra  del campito que empezaba donde terminaba el barrio. Este no era otra cosa que el pedemonte agreste que se extendía elevándose hacia los primeros cerros. Mucho más allá estaba el alambrado y Las Lajas, donde los aviones del ejército tiraban las bombas para practicar. Fuera de las sendas no daba para meterse porque para mi altura era como un bosque de cardos impenetrable, lleno de culebritas y arañas pollito. Además, en el campito, vivía La Catrera. Una pobre vieja con  cara de calavera que cada tanto bajaba rodeada de cimarrones y todos salíamos corriendo, gritando: ¡ahí viene La Catrera, ahí viene La Catrera! Pero subido a mí nave no le tenía miedo a nada, porque andaba rapidísimo, las ruedas de plástico me parecían grandes y poderosas, me gustaba perseguir a las lagartijas que andaban como hormigas por todos lados, sobre todo en el verano, eran veloces, pero yo pedaleaba fuerte, las alcanzaba y frenaba justo antes de pisarlas, quedaban paralizadas, expectantes a mi próximo movimiento y yo magnánimo las perdonaba y las dejaba ir. A las arañas también las chuzaba, incluso a las pollitos que saltaban como dos metros, pero me les plantaba decidido y sabía como darle al pedal, un toque para atrás y fuerte hacia delante, para levantar tierra haciendo que las pollitos se achicaran y saltaran huyendo a esconderse en algún pozo. A nada le tenía miedo, solo con La Catrera no jodía, con su cara huesuda y los cimarrones que venían metiendo bulla de lejos. Avisando que fueran despejando el camino. A mi me daban ganas de chuzarla también, mi triciclo era mi arma y mi escudo pero sabia que no podía con eso y huía como las pollitos.

Al tiempo nos cambiamos de casa a una zona del centro. Me hice amigo de unos cuantos pibes que en vez del campito tenían la cancha de la palmera, un baldío enorme con el árbol que le daba el nombre plantado en el centro. Muchas vueltas dio su sombra sobre el terreno pedregoso. Ahí aprendí a andar en bicicleta y a jugar a la pelota. El triciclo quedó abandonado en un rincón del patio de la nueva casa, junto a un tanque viejo de 500 litros que teníamos lleno de mojarritas. El sol lo resecó tras un par de veranos, crecieron yuyos a su alrededor, algunos se enredaron en los pedales y prolongaron su abrazo hasta el manubrio.

Fue idea de mi hermano, la de ganarle al tiempo, que es como una gotera que todo lo quebranta,  se filtra de a poco y las grietas se ven de adentro.

Con un cuchillo lo desaté de la tierra. Un remolino de bichos se armó en el hueco donde estaban hundidas las ruedas, bichos que viven en la humedad y en las sombras. Trajimos un fuentón con agua caliente, jabón en polvo y unos pedazos de tela. Entre los dos lo fuimos desembarrando, estrujando los trapos a cada rato, tuve que cambiar el agua y se la eche a los bichos para que traguen su propia mugre. Por último lo secamos con un toallón, con el cariño con el que se seca a un niño chiquito.

El plástico no recuperó su antiguo brillo, un entrelazado de líneas se dibujaba en todo el cuerpo, aunque su forma estaba intacta, solo era cáscara seca que parecía viva pero estaba muerta. Entonces: matala matala, matalo al muerto para que no siga vivo.

Invitamos a la familia a ver el último acto. Mamá, Papá, mis dos hermanas y mi otro hermano, todos mayores, ya que yo era el “Benjamín”. Trajeron las sillas, el mate y la pava caliente, se acomodaron a un costado, sobre la franja de césped, casi apoyados a la medianera, dejando libre todo el piso de baldosas. Pocas veces pasaba algo así y aunque no dijeron nada, no hacia falta decirlo, de alguna forma entendían.

Subí las escaleras usando el brazo izquierdo, con el otro cargaba al pequeño cuidadosamente, crujía un poco con cada movimiento, sentí temor de que se desarmara ahí mismo, y los pedazos se escurrieran por entre los escalones. Terminar así, en la antesala del final, no hubiese albergado ningún sentido. Mi hermano me ayudo en el último tramo. Juntos nos asomamos al borde, abajo hasta el perro alzaba las orejas esperando, el silencio a todos los tenía atados.

Cuando levante el triciclo por encima de mi cabeza, el sol de la tarde me daba en la espalda, vi la proyección de mi silueta sobre las baldosas del patio, como la de un gigante poderoso, un guerrero en el momento del grito al comienzo de la batalla. Un toque hacia atrás y fuerte hacia delante. Apenas se movían las ramas del membrillo y las nubes también, apenas se movían, desde la montaña hasta el techo de mi casa.

 

Autor: Leo Pedra

 

Escritor y pintor mendocino. Dice de él la página del MEC:

"Dibujante y pintor. Maneja una iconografía personal nutrida de referencias musicales y literarias. Utiliza palabras, signos y códigos de reproducción o grabación del sonido superpuestos a pinturas que remiten a nombres de canciones de rock. Se apropia de registros fotográficos de las presentaciones de la revista Bichobolita, en las que participa como dibujante y escritor, o de fotografías de recitales de rock como motivo de sus pinturas; este es el caso de la serie Shuffle y Los cuatro palos. Su búsqueda radica en representar el ámbito underground de la música y la literatura local al que pertenece". También es autor de algunos libros y se pueden leer sus relatos y poesías en varias publicaciones. 

 

Imagen: Leo Pedra

 

Facebook: Leo Pedra

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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