La última ficha

01/07/2016

 Hay cosas en la vida que hay que creer o reventar, una vez me contaron que un tipo  burrero, como un servidor, venía en la mala. Pero tan mala era, que había pensado en suicidarse. El tipo tenía una vidriería, negocio cristalino si los hay, pero al pibe le gustaba más la timba que el dulce de leche, pero el de Chimbote en tarro de cartón que es el más rico. Jugaba a la quiniela, al póker, al casino, a los burros, hasta era capaz de apostar a que número iba a terminar la patente del próximo auto que doblaría por la esquina. Un enfermo, nada que ver conmigo, yo solo tengo un vicio, si es que se puede llamar así. Llegó un momento en el que los proveedores ya no le daban crédito, el dueño del local que alquilaba le había iniciado una demanda de desalojo y la “jermu” se le había ido con otro. Esa semana con lo que había juntado con la reparación de unas ventanas, se fue a una armería del Centro y se compró un treinta y ocho. Ya lo tenía todo planeado, había comprado tres sobres, esperaba llegar al lunes, como todos los lunes, abriría la vidriería, la iba a cerrar con llave por dentro, escribiría tres notas, una para el señor Juez responsabilizándose de todos los actos de su vida, incluido su último acto, otra para su ex mujer, para echarle en cara que nunca había sido feliz con ella, que cocinaba horrible, que tenía olor a patas y que en la cama era más aburrida que ver a su abuela tejer una bufanda, y la última nota sería para el propietario del local, por no haberle tenido paciencia y darle una última oportunidad para cambiar la racha. Luego iba a acomodar todos los vidrios y espejos que tuviese a mano contra una pared y se iba a pegar un chumbazo en la cien, frente a la pila que había armado. La bala entraría por su costado, surcaría su cerebro a la velocidad del sonido y luego impactaría en la pila, destrozándolos a todos sin excepción. Miles de pesos en mercadería quedarían arruinados en un espectáculo casi circense. Se imaginaba a los fragmentos cortantes volando por el aire logrando un espectro lumínico sin precedente, un momento único e irrepetible. El estruendo sería monumental, lástima que en esa centésima de segundo él y su pobre alma ya habían partido para poder disfrutarlo. Esa sería su venganza hacía el dueño del local y hacia la humanidad toda. Se imaginaba que al dueño lo llamarían los vecinos y lo encontraría a él tirado sobre un charco de sangre rodeado de pedacitos de espejos brillando a su alrededor.

Patético o artístico, casi una obra de arte, un gran final a toda orquesta. Cuando vuelve del Centro en el bondi con su chumbo bajo el brazo, consigue un asiento en la segunda fila. Lo único que le pasaba por la cabeza eran las palabras con las que redactaría las tres cartas. En eso sube una mujer joven con una nenita de unos tres o cuatro añitos en brazos. El colectivo estaba lleno en ese momento. Él tuvo, como tenemos por lo general los jugadores, la caballerosidad de cederle el asiento. Se para y se acomoda mejor el paquete con el revolver bajo el sobaco y con su otra mano se sostiene del pasamano. Seguía hurgando su teatral despedida mirando para abajo. Podía ver que el pelo de la nena era exactamente igual al pelo de la mamá, tanto en textura, como en brillo y en color, como si le hubiera hecho un trasplante. Estaba entretenido apreciándolo mientras la nena se ponía más y más fastidiosa, cuadra a cuadra que pasaba. La madre no sabía cómo calmarla, mete la mano en su cartera y saca un librito de los Ciento un dálmatas. En ese mismo y exacto instante, el tipo levanta la vista y se encuentra frente a él, como si el sol provocase un eclipse total. El templo, el santuario, el monumento número uno de todos nosotros, el hipódromo de Palermo. El chabón instantáneamente e inconscientemente se va para el fondo del colectivo y lo caga a timbrazos al chófer. Puteada va, puteada viene, el tipo como si hubiera recibido una orden del más allá, se baja y entra al edificio principal. Pregunta a las chicas de recepción si ese día había alguna carrera, y le dicen que estaban suspendidas porque estaban haciendo mantenimiento en la pista. Se da vuelta para retirarse, y ve el cartel con una flecha que indicaba el camino hacia el casino. Tendría cien mangos en el bolsillo no más. Era temprano, en las ruletas no había casi nadie, el ruido de las máquinas tragamonedas era infernal, como siempre. Va a la caja y cambia todo el dinero que tenía encima por una tarjeta de fichas. Camina y camina por entre las maquinitas y no se decide sentarse en ninguna. Como por una revelación se topa con una máquina que parecía que lo estaba esperando. Tenía los dibujos de los perritos dálmatas enmarcando las tradicionales cinco columnas con limones, cerezas, naranjas, manzanas y otras frutas que no recuerdo. Apoyó el paquete con el arma en un costado. Insertó la tarjeta, puso la apuesta máxima y empezó como un autómata a apretar el botoncito para que empezaran a girar las frutitas. Estaba enceguecido. Su dedo índice apretaba y apretaba sin parar mientras las frutas enloquecidas giraban y giraban sin parar. A veces ganaba logrando alinear alguna fruta, pero la mayoría de las veces perdía y volvía a perder. Solo le quedaba en la tarjeta el saldo de dos pesos. Miró el paquete con el arma. Eran los últimos dos pesos, los que le servirían para tomar el colectivo de vuelta para su casa. Si los perdía, tendría que caminar como cuarenta cuadras o pedir monedas a la gente de la calle. Los timberos como yo, solo le pedimos a los amigos o a los prestamistas, nunca a la gente común, es un tema de códigos.

Agarró la tarjeta para quitarla de la máquina y retirarse resignado a su triste hogar con su arma liberadora. La tarjeta salió solo un centímetro de la ranura, el tipo subió la vista como para pedirle a Dios una última chance. En eso se cruza la vista con la perra blanca llena de pintitas negras y toda su cría alrededor sonriéndole. El pulgar sin control, empujo la tarjeta otra vez para adentro, besó su dedo índice y apretó el botón rojo de la apuesta. Las frutas empezaron a girar alocadas, giraban y se iban acomodando. Él cerró los ojos por un momento. Una bocina de sirena comenzó a sonar como si el carro de los bomberos hubiera irrumpido en la sala. El ruido era espeluznante. Las luces de la máquina tragamonedas donde estaba sentado se prendían y se apagaban en una forma extraña. Toda la gente que estaba sentada en las máquinas vecinas lo miraban con amplias sonrisas en sus bocas. En la confusión pudo ver que frente a él había cinco limones alineados y que la máquina se había enloquecido. «¡Hijo… Ganaste el premio mayor!» le dice una vieja de unos ochenta que se bajó de la silla para felicitarlo. Pudo ver que varios empleados del casino se le venían al humo y la sirena no dejaba de sonar. «¡Te llevaste el premio acumulado, macho!» le dijo uno de los tipos uniformados. Y así fue como el pibe se cargó con dos millones de pesos. ¡Dos palos! ¿Vos alguna vez viste dos palos? Tres monos de seguridad lo llevaron hasta el tesoro del casino, le hicieron dos bolsas con guita que parecían unas bolsas de papas por lo grande y aboyadas. Ni siquiera los contó, pudo sacar un cien, de un fajo que había en una de las bolsas y salió lo más campante hacia la avenida del Libertador. Paró un Taxi, y se marchó. Esa misma noche en el baño de hombres del casino un médico, sentado en el inodoro, se quitaba la vida con un treinta y ocho corto que había encontrado en un paquete olvidado en el salón.

 

 

Autor: Gustavo Vignera

 

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